Archivo para enero 2010

¿Por qué te dejan escribir en MARCA?   Leave a comment

No pensaba terminar el mes en este blog hablando de este tema, pero es que a veces, a uno se le hinchan las narices de leer sandeces por parte de supuestos periodistas deportivos que en su vida, lo más redondo que han visto es una onza de chocolate. Y esta mañana he bajado al quiosco a comprar el MARCA, como todos los días, y le he estado echando un vistazo, y justo al final, en la sección “Lo dice MARCA”, me encuentro con un artículo de opinión de casi media página, escrito por ese chico que en tiempos gritaba en “Los 40 Principales”, y al que algún preboste de la COPE le ha dado un micrófono para que juegue a ser periodista deportivo. José Antonio Abellán, independientemente de sus colores, que todos conocemos, y que no deberían influir en lo que dice en sus programas, o escribe en la prensa, era uno de los muchos locutores que la famosa lista de éxitos ha tenido en su historia. Para los más jóvenes, que no le conozcan, les diré que se hacía llamar “el baby”. Y creo, sinceramente, que debería seguir siendo el mismo, dedicarse a sus discos, a poner a las horas pares el número uno de “Los 40”, y dejar el tema del fútbol, porque no tiene ni puñetera idea.
Ya está bien de burlarse del madridismo, señor Abellán, porque el hecho de que haya madridistas indignados con la sanción a Cristiano Ronaldo, nada tiene que ver con lo que usted cuenta en su “artículo”. Mire usted, lo primero que debe hacer es repasar los cientos de codazos que se producen en cada joranda, los resultados de los mismos, las medidas tomadas por los árbitros -el mismo que expulsó a Cristiano obvió uno a Sergio Ramos-, y las sanciones disciplinarias tomadas por los comités correspondientes, compuestos por personas que tienen la misma idea de fútbol que usted. Debería recordar que el único jugador que ha sido sancionado en la historia del fútbol por meter un gol con la mano ha sido Raúl González, y debería recordar que cada vez que el Real Madrid presenta un recurso se le deniega, y cada vez que va al Tribunal Español de Disciplina Deportiva, de la suspensión cautelar de la sanción, nada de nada, mientras que cada vez que un rival lo hace antes de su partido contra el Madrid, se le concede sin ningún problema.
Soy madridista, sí, y creo que el señor Ronaldo se pasó, que está bien expulsado, y que los dos partidos de sanción pueden ser justos. Y me fastidia que el señor Valdano dijera lo que dijo tras el partido, porque lo que deberían hacer desde el club es echarle una buena bronca al luso, además de multarle adecuandamente, porque un futbolista que ha costado lo que ha costado y gana lo que gana, no puede permitirse faltar a los partidos por sanción, y más si es tan estúpida como esta. Pero lo que quiero, como madridista y como deportista, es que se mida a todos con el mismo rasero, y que si el codazo de Ronaldo a Mtiliga es una agresión y merece dos partidos de suspensión, se haga lo mismo con todos los jugadores. Lo que quiero es que si Messi le da un codazo a Valiente, le pongan dos partidos, que si Duda le da un codazo a Sergio Ramos, le pongan dos partidos, que si Agüero mete un gol con la mano, le pongan dos partidos, que si en el Camp Nou alguien tira una cabeza de cochinillo, le cierren el campo al Barça, que si un equipo se retira en una competición, se le sancione adecuadamente… Estoy harto de leer y escuchar que el Real Madrid no debe protestar por nada, que tiene que aguantarse con lo que le venga. ¡Pues no! Me niego a eso porque todos los equipos son iguales, juegan once contra once, y por mucho que cueste un jugador, y por mucho que gane, al final son seres humanos que aciertan y se equivocan, y por tanto, en el campo no hay millones. Puede que los jugadores del Madrid tengan más dinero, casas más grandes, coches más caros, pero tienen dos piernas, una cabeza y un corazón, como todos, y en el 105×70 se iguala todo. Los árbitros se equivocan, y favorecen más a los grandes, tal vez porque provocan más situaciones susceptibles de tomar decisiones, pero los comités, los directivos, deben ser justos con todos. Y llevamos mucho tiempo viendo que no es así y que siempre se favorece al mismo.
Usted nos ha tratado como imbéciles, y no es así, tal vez es que, como dice al final, se ha vuelto loco. Debería leerse y darse cuenta de que está insultando a todo el madridismo con sus palabras y que no tiene ningún derecho a hacerlo. Yo no le voy a insultar, y sólo le voy a decir una cosa: haganos el favor, y hágaselo a usted mismo, de dejar el periodismo deportivo, para el cual no ha nacido, y vuelva a la música, tal vez le venga bien un programa de discos dedicados, porque ya no tiene edad para ser locutor de “Los 40 Principales”, pero si quiere, y para recordar viejos tiempos, siga haciéndose llamar “el baby”, pero por favor, déjenos en paz.

Publicado 31 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

El lenguaje del fútbol (1). El palo largo y el palo corto.   Leave a comment

Es curioso en muchas ocasiones, el lenguaje del fútbol. La terminología a veces resulta confusa, otras, divertida, incluso incorrecta, pero todo amante del deporte rey conoce, o debe conocer los vocablos que se utilizan habitualmente. Y para quien no los conozca, de vez en cuando incluiré en este blog pequeñas explicaciones, anécdotas, etc., sobre el tema.
Y empezamos con eso que llaman “palo largo” y “palo corto”. La portería, en tiempos de madera, estaba formada por tres palos, los dos postes verticales, y el travesaño horizontal. Las medidas de estos tres “palos”, son 7,32 m de ancho por 2,44 m de alto. Y en términos futbolísticos, se conoce como “palo largo” al poste vertical más alejado del balón en el saque de una falta o un saque de esquina, y se conoce como “palo corto”, al poste vertical más cercano al balón en el saque de una falta o un saque de esquina. Hasta aquí, todo correcto, pero, ¿qué pasa en un penalty? Pues Jorge D’Alessandro, portero argentino que jugara entre otros equipos en el Salamanca allá por los años setenta, y que fuera entrenador, entre otros, del Atlético de Madrid, ahora dedicado a los comentarios de partidos en distintos medios de comunicación, nos sorprendió en una ocasión con la expresión de un penalty lanzado “al palo corto”. Pues bien, o el punto de penalty no estaba en su sitio, o don Jorge se columpió de manera escandalosa. Pero eso, en fútbol, no es extraño, así que queda como una anécdota más.
Y para acabar con este primer capítulo, os dejo un poema que he encontrado en uno de los blog que visito de vez en cuando:
Fútbol: el palo largo y el palo corto

Los cronistas deportivos
siguen todos en sus trece
porque, obtusos y obsesivos,
del idioma hacen despiece.

Nos hablan del palo corto,
nos hablan del palo largo…
y yo que me quedo absorto:
¿es que son palos de encargo?

Permítanme que me ría:
Los dos palos son iguales.
No hay ninguna portería
con formas trapezoidales.

Si nos dicen que el balón
entró por el palo largo
dan casi la sensación
de que fue un gol con recargo.

Y hay goles que son regalos
pues los mete el delantero
por el palo del portero:
¿no son suyos los dos palos?

¿Y qué pensar cuando afirman
que hay un balón “dividido”
Y después no nos confirman
si es que alguno lo ha partido?

A lo que era antes centrar
ahora llaman asistencia.
Y el tiempo para el final
no falta sino que…resta.

Ya no se dice regate:
ahora se llama encarar
Y quedan más disparates
que hay que desenmascarar.

Meter gol es definir
cuando lo suyo es …marcar
Y fallo no oirás decir:
es “no materializar”.

Si el marcador no ha cambiado
dicen que está inalterable:
si nadie puede alterarlo
firmen, de entrada, ya el empate.

Y ya no dicen final
sino finalización.
Pronto dirán que empezar
es.. ..inicialización.

¿A dónde quieren llegar
con tanta cursileria?
¡Que piten pronto el final!
¡Vaya jerga, madre mía!

Fuente: Rima que algo queda

Publicado 26 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Hoy me he comprado una webcam   2 comments

Sí, no sé cuántos años llevo negándome a comprarla, y esta mañana me la he comprado… Y reflexionaba hace un rato sobre ello, y sobre las veces que uno niega las cosas y al final las acepta. Y es que la tecnología nos pasa por encima y no nos queda más remedio que agarrarnos a ella con todas nuestras fuerzas para no quedarnos atrás. Aún recuerdo cuando una vez llegó a mi casa uno de esos vendedores a domicilio con la intención  de que me matriculara en un curso de programación de ordenadores en sistema binario, y cómo lo rechacé diciéndole que eso no tendría futuro. Poco tiempo después, aquella gente que optó por hacer esos cursos, empezaba a “forrarse” con la programación de ordeandores. Y también recuerdo cómo en la Facultad utilizábamos aquellos mamotretos lentísimos programados en Basic y las primeras calculadoras prgramables.
También recuerdo cómo negaba que alguna vez utilizaría en casa un ordenador personal en la época en que empezaban a venderse, y cómo no tardé mucho en tener el primero, un IBM de 640 Mb de disco duro y 8 Mb de memoria RAM. Desde ahí, los cursos, aprender la mayor cantidad de secretos posibles de la informática. Y si no un adicto, o dependiente del ordenador, si me fui convirtiendo en un usuario relativamente avanzado. Y llegó internet con todas sus posibilidades, un mundo creciendo en poco tiempo con infinitos caminos dentro de la información, con sus ventajas y sus inconvenientes, con sus usos y sus abusos. Un mundo fascinante que a todos nos ha cautivado y que ahora, la gran mayoría no podría vivir sin él. De hecho, ¿a quién no le ha pasado que se ha caído la red en su trabajo y se ha visto indefenso? Ya no recordamos cuando se calculaba a mano o con una calculadora de pilas, o cuando se contabilizaba a mano en un libro de verdad, o cuando la nómina se rellenaba con un bolígrafo… Hoy en día eso es impensable, ¡faltaría más!
Pero la revolución dentro de internet llegó con los chats, cada día más sofisticados, y las redes sociales, como Facebook, hi5, Tagged, Myspace, Twitter, Tuenti, Badoo, etc. En ellas las personas interaccionan de una manera cada vez más intensa, y casi “exigen” poder ver y hablar con los demás, aunque estén al otro lado del mundo, de una manera instantánea. La gente se atreve a hacer cosas que no hace en su vida real, y el tímido se desinhibe con esas personas con las que habla. En este mundo paralelo, sólo algunas consas son iguales que en la “vida real”, y el tímido se desinhibe, el que tiene problemas para comunicarse con las personas del otro sexo, aquí lo hace con toda normalidad, como si perdiera el miedo. Y rara es la persona que no dispone de un micrófono o una cámara web para poder escuchar y ver a su interlocutor. Yo era uno de ellos, negándome durante años a tener estos dos accesorios, y esta mañana he ido y me he comprado una webcam.
Dicen que Pedro negó a Jesús tres veces, pero, ¿cuántas veces negaremos los seres humanos las cosas para luego caer en sus brazos? ¡Hala, desde mañana, contactos del messenger, me podréis ver el careto por la ventanita que se abre arriba a la izquierda!

Publicado 24 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Vega y el "Búho" más especial.   9 comments

Son las 21,30 de la noche, y como de costumbre, nos hace esperar, aunque sabemos que al final merecerá la pena el retraso. Esta vez me he traído conmigo a Sergio, mi sobrino mayor, que lleva algo más de un año y medio tocando el bajo y es buen amante de la música en acústico, aunque sus gustos particulares vayan por caminos un poco distintos a los de la cordobesa y los míos propios. Nos han dado en la puerta la ya famosa “maraca” hecha con una botella de MAELOC –es publicidad pero hay que agradecerle que apueste por Vega y apoye su gira de invierno- y nos disponemos a ver con qué nos sorprende hoy, porque siempre nos sorprende con algo, y como ya contaré más abajo, iba a hacerlo.
A eso de las 21,50 suben al pequeño escenario Pablo Martín, Kike Fuentes y Vega. Muy juntos, porque además de que el sitio no permite mucho más, se nota que forman un buen equipo, y los equipos se juntan para conseguir los objetivos. Ya en el concierto de Galileo, con toda la banda, demostraron ser unos músicos de categoría, y hoy hay que demostrarlo aún más si cabe, porque aquí es donde los fallos se notan más. Y allá vamos, con un concierto un poco distinto, porque los “Búhos” siempre son distintos a los demás, con sus canciones más emblemáticas salpicando las de “Metamorfosis”, y algunas versiones, como siempre acostumbra a hacer. Pero en esta ocasión hay alguna distinta, muy bien elegidas, por cierto, y cantadas con el gusto que acostumbra. Una grata, gratísima sorpresa para mí, la interpretación de “Perlas ensangrentadas”, de Alaska y Dinarama, del álbum “Canciones profanas” publicado en 1983, y que supuso uno de los grandes temas del pop español en la década. Y por supuesto que, no sorprendido, sino realmente admirado, de la interpretación del clásico “¿Qué sabe nadie?” popularizada por el gran Raphael, y que en su versión suena maravillosamente bien. ¿Para cuándo un dúo con el genio de Linares? Y por supuesto, que tomen nota quienes hablan a la ligera de personas a las que no conocen, porque, no nos olvidemos, los artistas, antes que nada, son personas, que tienen derecho a ser respetados como los demás mortales. Así que, a los listos que se esconden tras un Nick para insultar o desprestigiar, decirles que se den una vuelta por youtube, ya que no irán jamás a un concierto en nuestro querido “Búho Real”, y que vean por qué hay gente que sigue a Vega y cómo se gana grabar discos.

Lo dicho, con unos compañeros de viaje, como ella misma les llama, totalmente acoplados al sentir de Vega y de su público, el concierto resulta divertido y emotivo. Pablo Martín y Kike Fuentes son unos músicos fantásticos que aumentan aún más el valor que ya tienen los conciertos de la cordobesa por sí solos. He escuchado muchas veces “Grita”, esa especie de himno para sus fans, tanto en disco como en vivo, y en esta ocasión, no sé por qué, pero mi sensación es distinta, reconozco que se me ha hecho un nudo en la garganta, y he llegado a la conclusión de que, en efecto, la misma Mercedes que tocaba en los bares de Segovia o trabajaba en el UNO, se sube cada día a un escenario vestida de una Vega cada vez más profesional, más seria en su trabajo, más madura, más hecha. Vuela sola, puede hacerlo, pero todos somos importantes, los fans, los amigos, la familia, e incluso sus críticos, para que su vuelo sea más alto, ágil y ligero, y le lleve a lo más alto. Si en el concierto de “Galileo” vi a una Vega enormemente profesional, ahora me encuentro ante una artista completa, ¿y sabéis qué? Pues que estoy muy orgulloso de ella, y que me da igual que penséis que soy un pesado por decirlo cada vez que hablo de ella, pero como es la verdad, la diré las veces que haga falta.
Al final, bastante jaleo, con gente queriéndose hacer una foto con ella, pero encuentro un momento para hablar con ella, nada especial, un saludo y ya está, hasta la próxima, que por la agenda que tiene, será en unos meses, pero valdrá la pena esperar y leer las crónicas de los próximos conciertos, y sus propias reflexiones. Nos vamos satisfechos y la dejamos firmando discos, haciéndose fotos con todo el mundo, con su sonrisa de siempre, la de antes de Operación Triunfo, y la de después de convertirse en una artista completa.

PEPE

Todas las fotos:

Publicado 19 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

"Desastre", sí. "Malos Vicios", no.   4 comments

Pues sí, el título parece raro, pero no lo es tanto si digo que anoche estuve en la Sala Taboo de Madrid, en el concierto de los grupos Desastre y Malos Vicios. Y nos acercamos a esta sala y a ver este concierto porque uno de los componentes de Desastre, Diego Rodríguez “Archi”, también trabaja en la misma empresa que yo, y aunque ya les había visto un par de veces, mis compañeros no, y ya tenían ganas. Así que allí nos presentamos y pasamos un buen rato. Desastre es un grupo que, dentro de lo que podríamos llamar “rock’n’roll”, mezcla distintos estilos, como country, ska…, y resultan realmente divertidos. Ya son muchos años los que llevan en la brecha, y ofrecen un buen directo.
Aquí he subido algunas fotos más:
Y, aunque no tengo ningún vídeo de anoche  -supongo que en pocas horas alguien subirá vídeos a youtube-, os dejo un vídeo de un concierto anterior, para que podáis comprobar que merece la pena asistir a un concierto de estos chicos.

¿Y dónde encontrar información sobre el grupo? Aquí dejo unos enlaces:
Pero lo de Malos Vicios fue distinto. Sinceramente, no sé si fue una mala noche o que siempre suenan así de mal. No se escuchaba la guitarra, tampoco las voces, y el equipo en general era bastante deficiente. En resumen, que nos acabamos yendo a la quinta o sexta canción, y nos fuimos a tomar una copa por ahí. De ahí el tútulo de esta pequeña y atropellada crónica. Al final, me alegré de que Desastre tocara primero, porque si hubiera tenido que tragarme el concierto de Malos Vicios entero antes de ellos…

Publicado 17 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Rebeca   2 comments

Rebeca era una niña alta, delgada, desgarbada. Tenía el pelo rubio y los ojos azules, pero nunca iba arreglada, siempre sucia y llena de remiendos. Nunca fue a la escuela y con trece años todavía no sabía leer ni escribir. Su padre había muerto tan pronto que ella no podía recordarle, y su madre….. bueno, su madre era como si no existiera. Siempre con una botella en la mano, siempre con hombres distintos, siempre ausente. Rebeca debía buscarse la vida como fuera. Trabajaba en el campo, hacía recados a los vecinos, limpiaba las casas, lo que fuera por unas monedas para comerse un triste bocadillo. Era pobre, extremadamente pobre, y la gente le tenía lástima. Le daban ropa usada y a veces le daban un baño a base de estropajo de esparto y jabón de aceite y sosa. Los chicos del pueblo se reían de ella porque no sabía nada, no conocía nada. Siempre le gastaban bromas pesadas y le pegaban, le tiraban piedras y excrementos de vaca. Ella corría y lloraba. Nunca respondía a las provocaciones, nunca levantó la mano a los otros niños aunque fueran mas pequeños que ella. Sus ojos brillaban y se cubrían de lágrimas, pero se callaba y se marchaba corriendo.
Rebeca tenía trece años y no sabía leer, y su madre estaba pero no estaba, y tenía miedo a todo y la gente se reía de ella y le pegaba. Y Rebeca se cansó de todo y se marchó del pueblo con su ropa vieja y llena de remiendos, con su cara sucia y su rubio cabello enredado y mal peinado. Empezó a recorrer caminos y caminos. Llegó a otro pueblo donde nadie la conocía y la miraban extrañados. Rebeca tenía miedo y hambre, y no sabía como conseguirse un trozo de pan, sólo miraba. Miraba a la gente que pasaba, miraba los escaparates y los puestos de los vendedores ambulantes. No se atrevía a robar porque nunca lo había necesitado, aunque la necesidad era cada vez más grande. Se sentó en una esquina y no pensó, simplemente se sentó como podría haber permanecido en pie, o haberse tumbado en el suelo. No era consciente de lo que hacía ni por qué lo hacía. Su mundo era demasiado pequeño como para analizarlo, y menos con el estómago vacío. Así, apoyada contra la pared, se fue quedando dormida. Su sueño fue el de siempre. Soñó con libros, papeles y lápices. Soñó que sabía leer y escribir, y que tenía dinero y se lavaba y se peinaba, y su ropa era hermosa y nueva. La gente la admiraba y la quería, y todos querían ser sus amigos, y su madre no bebía, y un padre sin rostro la abrazaba y la besaba sin parar…. Pero los sueños son sólo sueños y el frío y una voz autoritaria hicieron esfumarse tan hermosa vida. Un guardia la estaba echando de allí. Se levantó y corrió con sus ojos azules llenos de lágrimas. Corrió sin sentido hasta que tropezó con una piedra y se dio de bruces contra el suelo. De su nariz rota salía un hilo de sangre que ella limpió con la manga de su jersey mugriento y remendado. Un niño se le acercó entonces. No tenía más de cinco años y le dio un pañuelo. Rebeca no sabía si aceptarlo, pero al mirar aquellos ojos, por primera vez en su vida, comprendió. Cogió aquel pañuelo y limpió su sangre, y sonrió, y el niño sonrió también. Con miedo todavía, y casi temblando, devolvió al niño el pañuelo y le besó la frente. Era la primera vez que agradecía un gesto. Había aprendido a dar las gracias de golpe. Y de pronto, abrió la boca y habló al niño y le dio las gracias.
Rebeca se quedó allí hasta que pasados unos segundos, que a ella le parecieron eternos, apareció una mujer. Entonces, Rebeca quiso salir corriendo, pero la mano de aquel niño agarró la suya y la retuvo. Una fugaz mirada a los ojos del crío, y pudo ver las mismas lágrimas que llenaban sus ojos cada vez que alguien la hería. No pudo moverse de allí. Fue aquella mujer quien acarició su cabello sucio y besó su frente, tomó su mano y comenzó a andar. Rebeca simplemente caminaba a su lado sin saber ni donde iban ni qué pasaría después. Tenía miedo y dudas,. Pero por otro lado, ese niño había cambiado toda su vida de repente, y eso le hacía confiar un poco. Siguió caminando tratando de no pensar, hasta que llegaron a una casa. Era una casa enorme. Un cartel muy grande presidía la puerta de madera antigua con cerradura de hierro oxidada. Ella no sabía lo que decía el cartel, porque nunca fue a la escuela y con trece años no sabía leer ni escribir. En ese momento se dio cuenta de lo poca cosa que era, del poco valor que tenía para nadie, excepto para aquel niño y aquella mujer. La condujeron por un pasillo muy largo, y al fondo casi llegando al final del mismo, la mujer abrió una puerta. La habitación no era muy grande, pero estaba limpia y tenía mucha luz. Había cuatro camas. La mujer le indicó cual de aquellas camas era la suya. Después la condujo por el mismo pasillo a otra habitación. Era un cuarto de baño con todas las cosas que ella nunca había utilizado antes. Le quitaron las ropas mugrientas que fueron directamente a un cubo de basura. La bañaron en agua tibia, con jabón suave y esponjas, y colonia… Y la peinaron con cariño, y la vistieron con ropas austeras pero limpias y sin remiendos. Otro paseo por aquel enorme pasillo y llegó a una cocina, donde comió pan, y carne, y huevos, y pescado, y frutas… Jamás había sentido lo que estaba sintiendo en esos momentos.
En aquella enorme casa había muchos niños, más grandes y más pequeños que ella, que la miraban con curiosidad, pero que no le pegaban, ni le tiraban piedras, ni se reían de su cuerpo delgado y desgarbado. De pronto, aquellos niños empezaron a hablarle y a preguntarle cosas, y de pronto, su boca se abrió y empezó a contar fantasías, historias inventadas que jamás nadie había escuchado antes. Los niños la rodearon y le pidieron más, y más, y más… Rebeca seguía improvisando historias sobre cualquier cosa, y los niños cada vez mas absortos, le seguían pidiendo más. Rebeca empezaba a ser feliz. No sabía por qué aquellas historias brotaban de su boca tan fácilmente. Ella nunca había salido de aquel pueblo donde todo era miseria, y donde todos los niños la trataban a patadas y los mayores sólo le tenían lástima. Y aquella mujer que le había dado una vida nueva, en un rincón, miraba la escena con una sonrisa en los labios. Rebeca no lo sabía, pero tenía un don, el don que muy pocos tienen, por mucho que hayan estudiado veinte carreras y hayan gastado miles y miles de monedas en ser más cultos. Tenía el don de contar cuentos. Era una cuenta cuentos.
A partir de ahí, su vida cambió del todo. Fue a la escuela y aprendió a leer y escribir. Lo primero que quiso conocer era lo que decía aquel cartel que presidía la puerta de la que ahora era su casa y de otros muchos niños. Aquel cartel decía: “Hogar de los niños” . Y Rebeca pudo por fin comprenderlo todo. Estudió, aprendió rápido para recuperar el tiempo perdido y comenzó a escribir en papeles aquellas historias que contaba a sus “hermanos”. Creció y siguió inventando historias y escribiéndolas en un papel. Y con el tiempo aquellas historias escritas en papeles, fueron a parar a la mesa de un editor, que, cosa curiosa, según iba leyendo aquellas historias, en sus ojos iba apareciendo un brillo especial y se le fueron cubriendo de lágrimas.
Hoy, Rebeca es una de las más cotizadas escritoras de cuentos en todo el mundo. Su figura delgada y desgarbada ya no es tal. Es una hermosa mujer con la cara y la sonrisa limpias, con los ojos azules sinceros y tiernos, con los brazos siempre abiertos para recibir al que menos tiene, y sobre todo, con esa claridad de pensamiento y de obra que solo pueden tener las mejores personas. Sus libros se venden por todo el mundo, pero su vida transcurre entre las paredes de una casa enorme, con un pasillo enorme, con niños que escuchan sus historias antes de que nadie las pueda leer en un papel.

Publicado 7 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

El torerillo   2 comments

Esta es una historia que me contaron cuando era un niño. No recuerdo muy bien si fue mi abuelo, o aquel tío viajero que sólo aparecía por casa unos pocos días al año. Tampoco recuerdo si es una historia verdadera, o si no es más que una leyenda, uno de los muchos cuentos que circulan de boca en boca cambiando con los años. Tampoco debí prestarle mucha atención, porque durante mucho tiempo la tuve olvidada en algún rincón de mi memoria, pero hace unos días, leyendo un diario, me encontré con una noticia que me hizo recordar….
El paisaje era el típico de Andalucía, en las estribaciones de una sierra que tampoco puedo recordar. Allí, en una de las muchas ganaderías de toro bravo que existen, un niño jugaba a torear. Su padre vivía y trabajaba allí y el crío sólo conocía ese mundo. Ayudaba en las tareas, dando de comer a los animales, cepillando a los caballos… pero en su corazón latía la llama de la fiesta, y tenía escondido donde nadie podía verlo, un trapo rojo lleno de lamparones y de remiendos, y un estoque de madera hecho con unas tablas sustraídas de alguna obra cercana. Cuando nadie podía verle, el chico cogía sus trastos, le cambiaba el rictus, y un halo mágico lo envolvía todo. De repente se encontraba en una plaza de albero blanco, vestido de grana y oro, y con miles de gargantas gritando y miles de manos aplaudiendo su faena. Lentamente, brotaban los naturales, los pases de pecho, las verónicas y chicuelinas, y por fin, se armaba con su espada de madera y entraba a matar, con esa decisión del que quiere llegar a triunfar por encima de todas las cosas. Pero claro, el toro era invisible, y la gente sólo estaba en sus pensamientos, y el traje grana y oro no era más que un pantalón corto heredado de un hermano mayor y una camisa de su hermana, convenientemente adecentada para que pareciera de chico. Se quedaba pensando, y alguna lágrima le recorría el rostro, pero escondía sus trastos y volvía a sus quehaceres diarios, con su ilusión intacta
Pero un día, en aquella ganadería nació un ternerillo y el muchacho se hizo su cuidador, y le dio de comer y le cuidó como a un hijo. El niño y el ternero se hicieron inseparables y era casi imposible ver a uno sin que el otro estuviera cerca. Y poco a poco comenzaron a jugar. El ternero crecía y su instinto le decía lo que tenía que hacer, y el niño, con sus trastos en las manos, comenzó a torear a su amigo. Eran juegos inocentes, pero a la vez, una preparación para el futuro. El ternero embestía como el más bravo de los toros y el chaval cada día tenía mas arte, cada día era más torero. Estaba totalmente prohibido torear a los futuros toros de lidia, pero él se escapaba por las noches a reunirse con su amigo para seguir aprendiendo y mejorando su arte. Pero un día todo se acabó, cuando su padre le descubrió toreando a su amigo, que ya lucía unos incipientes pitones, y que ya estaba decidido iba a ser uno de los toros estrella de la ganadería en unos años. Les separaron, aunque el muchacho, algo más hecho ya, decidió marcharse para intentar conseguirse un hueco en el mundo del toro.
Tras unos meses en una escuela taurina donde nada aprendía, se decidió a probar de otro modo. Se coló un par de veces de espontáneo en sendas corridas, donde pudo dar unos pases que demostraron su clase y valentía, aunque lo único que consiguió fueron unas multas y unas horas en un calabozo. Pero esto no le desanimó y siguió probando, llamando a todas las puertas, hasta que un apoderado que casualmente le había visto en una de sus corridas de espontáneo, le dio la oportunidad que estaba buscando desde hacía tanto tiempo. Aquel hombre confió en su valor como torero y le preparó una corrida. Empezaba una carrera llena de éxitos.
Empezó en plazas pequeñas, donde la gente le aplaudió a rabiar y salió a hombros varias veces. Su fama iba extendiéndose como una mancha de aceite, y las plazas de tercera se volvieron de segunda y después de primera. Los elogios de la prensa eran constantes, y los aficionados le asediaban como si fuera uno de esos famosos que inundan las paginas de la prensa del corazón. Estaba a punto de llegar su gran día.
Y el gran día llegó. El muchacho, ya casi un hombre, se encerraba sólo, con seis toros, en la plaza más importante del país. Era el momento reservado para unos pocos nada más, por lo que la responsabilidad era muy grande para aquel muchacho que había aprendido a torear con un trapo rojo lleno de lamparones y remiendos y una espada hecha de madera sustraída de alguna obra cercana a su casa. Su vestido, de grana y oro, era el más hermoso vestido que jamás se había puesto torero alguno, y en la plaza, miles de voces le jaleaban y miles de manos le aplaudían según hacía el paseíllo. Sonó el clarín, y apareció el primero de los toros, un ejemplar increíblemente grande al que el muchacho recibió con valentía. Sus pases eran los de siempre, los mismos que daba a aquel toro invisible que tantas veces toreó escondido donde nadie podía verle. Fue matando toros y recibiendo trofeos y cariño de la gente, hasta que llegó el último de la tarde. Era el más grande de los seis. Un toro negro, grande y fuerte, con una musculatura inmensa y sin un gramo de grasa. Los cuernos afilados y un brillo especial en los ojos, el que tienen los toros bravos de verdad. Y aquel toro miró al muchacho y reconoció de inmediato a su amigo de juegos. Él que había salido con toda la rabia del mundo, desconcertado ante tanto ruido y fuera de su hábitat natural, encontraba allí a su amigo, aquel con quien tantas veces jugó a ese juego de correr y pasar bajo el trapo, y volver a pasar y esperar el golpe con la espada de madera. Ese toro bravo empezó a jugar, pasando bajo aquel trapo más grande una y otra vez y viendo como su amigo una y otra vez recibía los aplausos de un público enfervorizado. Algunas cosas pasaron que el pobre animal no pudo comprender muy bien, como aquel hombre a caballo que le hizo tanto daño o aquellos otros hombres que le llamaban con unos palos en la mano, y que le clavaron impunemente. Pero el toro estaba con su amigo, y eso era lo más importante para él, con lo que siguió jugando, pasando tras su trapo rojo, esta vez sin remiendos y sin lamparones. Cuanto más tiempo pasaba, más ruido hacía toda aquella gente, más gritaba y más aplaudía… Hasta que llegó un momento en que se hizo el silencio. El animal no comprendía qué pasaba, pero pudo ver a su amigo, como sacaba de detrás del trapo rojo una espada, pero esta vez, la espada no era de madera, sino que brillaba a la luz del sol. El toro comprendió que aquello no era un juego, y que su amigo no estaba jugando con él, sino que iba a matarle. Aún así, el animal siguió haciendo lo mismo que siempre hizo cuando ambos eran terneros. Miró hacia la parte baja de aquel trapo, aquel engaño que su amigo le ofrecía mientras levantaba la espada y apuntaba a la parte más alta de su enemigo. En ese mismo instante, se cruzaron las miradas de los dos amigos, y el muchacho comprendió y reconoció a su compañero de juegos, con quien tantas veces representó las escena que ahora se convertía en realidad. En los ojos de los dos, las lágrimas empezaron a caer con suavidad, pero ya no había vuelta a atrás. El muchacho apuntó, citó al toro y se echó para adelante. Al mismo tiempo, el toro entró al engaño como nunca otro toro lo había hecho, con la nobleza del toro bravo y del amigo leal hasta la muerte. En el mismo instante en que la espada penetraba en las entrañas del animal, un sutil giro del torero le ofreció el corazón al pitón derecho, que lo partió en dos, como un cuchillo afilado parte una naranja. Los dos cayeron a la vez, cada uno por un lado y heridos de muerte. Se miraron durante los segundos en que les quedó algo de vida. El muchacho abrió su mano como queriendo llegar hasta su amigo, mientras el toro fue cerrando los ojos poco a poco hasta quedarse totalmente inmóvil. El muchacho suspiró profundamente y acabó su vida con una leve sonrisa en la boca.
Nadie pudo comprender, durante mucho tiempo, como pudo ocurrir, que un torero tan grande cometiera aquel gravísimo error. Fue enterrado con honores, y como suele ocurrir en estos casos, con el tiempo la gente se olvidó de él, hasta el punto de que nadie sabe decir el nombre del muchacho, ni tampoco si esta historia es verdad o alguien se la inventó y la contó por los pueblos.

Publicado 7 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Ya no quedan moscas   Leave a comment

Ya no quedan moscas. Es increíble, pero hay silencio, un silencio confuso pero agradable. Las he matado y… No sé por qué cada vez que hago algún pequeño trabajo en casa me siento tan orgulloso. No es nada. Tampoco sé por qué tuve que pegar ayer a papá. El es bueno. Siempre se ha portado muy bien conmigo, salvo aquella vez que perdí el balón de reglamento y me molió a cintazos. Eran buenos tiempos y vivía mamá, y… No encuentro la razón; me estoy volviendo loco. Cada vez que pienso en algo es para amargarme. Me siento sin fuerzas y a este paso voy a enfermar. Ya llevo casi tres días sin comer, y no he bebido más que unas pocas cervezas… Mamá siempre me regañaba; no quería que bebiera cerveza. ¡Mamá! ¿Por qué te fuiste? ¿Por qué dejaste que me volviera loco en este mundo de mierda? ¡Eramos tan felices! ¿Te acuerdas cuando íbamos al campo? ¿Y de cuando nos mandabas a misa? He de confesarte que casi nunca iba, y cuando lo hacía era para reírme del cura. Era extraordinariamente gordo, ¿te acuerdas? Y decía unas cosas muy raras en un idioma que no podía comprender hasta que llegué al bachillerato. Allí supe que aquella bola de sebo con sotana hablaba en latín. Pero, ¿por qué te cuento esto? Tú ya no estás y yo cada vez estoy más débil… He de hacer algo. Tengo que buscarme un trabajo. Será fácil. Papá conoce a mucha gente y puede hablar con alguien para que su hijo pueda trabajar. No es posible. El se fue de casa y supongo que andará por ahí emborrachándose como de costumbre. Esta vez tiene una buena excusa, pero ¿y las otras veces? Desde que nos quedamos solos no ha hecho otra cosa que emborracharse a diario. No sirve de nada que le regañe, o que esconda el coñac, o que rompa las botellas de vino. Apesta. Siempre apesta a alcohol. No se cómo puede seguir teniendo amigos importantes, ¿o ya no los tiene? La verdad es que estamos uno fuera del mundo del otro. Se está quedando sin dinero y yo no puedo hacer nada por evitarlo. Ya no recuerdo cuanto tiempo hace que se lavó la última vez. Quisiera ayudarle, pero me tiemblan las piernas y no tengo las fuerzas suficientes como para mover un cuerpo tan pesado como el suyo. Aunque mirándolo bién, no debe pesar tanto. Tengo que ir al médico. Cada vez estoy más débil. Esta mañana me he mirado en el espejo y me he encontrado con una imagen espeluznante. Estoy muy delgado y tengo los ojos hundidos en el cráneo. Los labios están resecos y tengo la tez arrugada y pálida- Me costaba trabajo apretar el spray del insecticida. Es nauseabundo. Cuando he respirado en el ambiente de la sala he creído morir. Algo muy poderoso se apoderaba de mis pulmones y los oprimía cada vez más, hasta que he gritado con toda mi alma. Ha sido un alarido de dolor, de miedo, de ese terror que se apodera de uno cuando ve la muerte cerca, porque yo la estoy viendo a cada momento. Pasa ante mí con su manto negro y su brillante guadaña, y se para, y sonríe, y me llama. No sé cómo semejante cosa puede conocer mi nombre. Ella no estaba en la iglesia el día que me bautizaron; no ha estado cerca de mí cuando la gente me nombraba. Sólo ha estado cerca de mí ahora, y como estoy solo, nadie dice mi nombre… ¡Estoy loco! ¿Cómo puedo pensar eso? La muerte lo sabe todo. Ella siempre está con nosotros, aunque no se deje ver. Todavía no conozco a nadie que haya conseguido engañarla, y tengo yo que divagar sobre si puede o no conocer mi nombre. Estoy enfermo y deliro. Debería acostarme, pero está tan lejos la cama… Dudo que pueda levantarme de la silla tan siquiera. Lo mejor es que trate de dormir sobre la mesa como hacía muchas noches cuando charlábamos en familia. Era tan pequeño que no podía enterarme de lo que se decía, pero era un rito. Había que charlar todos juntos después de cenar. Yo me sentaba en este mismo lugar y acababa derrumbándome sobre la mesa en poco tiempo. Hermano era el mayor. El dominaba la situación perfectamente. Aún le recuerdo con sus catorce años recién cumplidos y aquél minúsculo bigote que empezaba a brotarle. Hablaba con papá de deportes. Creo recordar que a veces le dejaba leer el periódico, pero quitando algunas páginas. Nunca quiso que supiéramos de las desgracias del mundo y escondía aquellas páginas que hablaban de muertes. Y mira por dónde, al final él cayó víctima del alcohol y Hermano de las drogas. Aquella tarde fue muy mala. Llovía y toda la calle era un enorme charco. Cuando entró Hermano y cayó al suelo totalmente ensangrentado, todos saltamos y nos fuimos hacia él. Traía el cuerpo destrozado a balazos y por una extraña fuerza que no puedo comprender de dónde sacó, llegó a casa para morir en brazos de mamá con una leve sonrisa en los labios. Poco después se aclararon las causas en el juicio: al parecer, Hermano debía una importante suma de dinero a unos matones que se deshicieron de él por falta de pago. Ya no recuerdo cuál fue la condena para aquella gente. Todos tenían la misma cara de enfermo que mi hermano. La misma cara de enfermo que tengo yo ahora. La misma cara que hace ya demasiado tiempo le estoy viendo a papá todos los días. Si supiera de algún amigo de papá –uno de esos que son amigos de verdad -, le llamaría para que fuese a buscarle, pero es inútil. Estoy seguro de que ya no habla más que con borrachos como él, y que como él, están emborrachándose por ahí. Debo ir yo mismo a buscarle. Tal vez si hablamos, podamos empezar de nuevo. Eso es. Vamos a hablar y olvidaremos todo lo que ha pasado entre nosotros hasta hoy. Tenemos que ir al pueblo y arreglar un poco la casita que tenemos para las vacaciones. Debe estar hecha un asco, pero no importa. La arreglaremos hasta dejarla como cuando vivía mamá. Ella guisaba en la vieja cocina de carbón y papá nos llevaba con él a cazar. Teníamos un perrillo blanco –no recuerdo su nombre –que sabía todo sobre la caza. Nunca le vi volver sin la pieza que papá había matado. Aquel camionero no sé en qué iría pensando. Tuvo que ver a nuestro pobre perro, pero seguro que lo hizo a propósito. Era un buen perro, pero aquel salvaje le reventó las tripas a propósito. Creo que todos lloramos como si hubiéramos perdido a un hijo o a un hermano. Papá guardó la escopeta y no volvió a salir a cazar. Decía que no conseguiría acostumbrarse a cazar sin perro, y que otro perro empañaría la memoria del que había perdido… Pero no sé por qué recuerdo todo esto. Es imposible. Yo no puedo volver allí con él. Está por ahí perdido y yo no tengo fuerzas ni para moverme. Me encuentro cada vez más débil y no soy capaz de levantarme. Es imposible que pueda tratar de ir a buscarle. Eso era lo que hacía él cuando me perdía. Salía a buscarme y no paraba hasta encontrarme. Yo era demasiado inquieto, demasiado travieso para estarme quieto. Pero papá no me regañaba. Me daba un beso y me llevaba a casa de la mano contándome historias de cuando era niño. La verdad es que yo no podía creerlas, pero tal vez fueran ciertas. Recuerdo que me contó algo sobre una lagartija: su madre les tenía mucho miedo, y un día que él no estaba dispuesto a comerse la sopa soltó una lagartija en la cocina. Ni que decir tiene que la abuela salió corriendo y la comida que estaba en el fuego acabó directamente para tirarla. Pero a mí me sigue pareciendo un cuento infantil creado para que yo me divirtiera. También me contaba cosas sobre el colegio, sobre todo cuando me llevaba el primer día. Yo estaba acobardado y nervioso y él me contaba cosas para quitarle importancia y hacerme creer que la escuela era un paraíso donde poder jugar. Una vez estuve dentro me di cuenta de que aquello era todo lo contrario. Aquel chico sólo tiró un papel a otro y el maestro le llamó, le hizo desnudar de cintura para abajo y le dio diez azotes con una vara. Ese hombre tenía cara de ogro. Era un señor mayor con cara de bulldog, voz ronca y muy malas pulgas. No sé a qué viene recordar a este hombre ahora. Lo único bueno que sucedió en el pueblo teniendo que ver algo él es cuando se murió. Fue una gran fiesta para los chavales. ¡Santo Dios! ¿Cómo puedo decir esas cosas? ¿Cómo puedo alegrarme de la muerte de nadie? ¡Es increíble! Yo nunca he deseado el mal a nadie, y sin embargo cometo la locura de pensar así precisamente ahora que soy un hombre. Al menos tengo la edad y la apariencia de un hombre. Pero estoy loco. Y un loco no puede saber muy bien lo que piensa. En la Facultad me enseñaron que los locos, en sus momentos lúcidos, son brillantes, pero que esos momentos lúcidos son tan escasos como poco duraderos. La gran mayoría del tiempo los locos no dominan su mente. Eso es. Tengo que encontrar un sistema para conseguir que los locos dominen su mente. Tengo conocimientos suficientes para hacerlo. Cuando publique mis trabajos me darán el Premio Nobel y seré famoso. En la biblioteca hay libros sobre el tema. Voy a cogerlos para traerlos hasta aquí. Tengo que estudiar día y noche si es preciso para conseguir hacer algo. Voy a levantarme… No puedo. Es tan difícil levantarse que no voy a poder llegar al frigorífico para beber una cerveza o al teléfono para llamar al médico. La verdad es que no sé si podré articular palabra. Noto un peso enorme sobre mi labio inferior. Tengo la boca cerrada y no puedo moverla para nada. Es un trabajo excesivamente importante. No podría mantener la boca abierta durante mucho tiempo y no conseguiría más que aumentar mi agotamiento. Tal vez hoy venga mi novia. Ella se ocupará de todo. Es muy buena. Me quiere tanto que no le importa que yo tenga un padre borracho –no sé por qué me avergüenzo – y siempre intenta ayudarnos en lo que puede. La conocí por casualidad. Choqué con ella en unos grandes almacenes cuando iba despistado y tiré al suelo todos sus paquetes. Parece un encuentro de cine. Es curioso, pero nuca se me había ocurrido antes. Siempre me pareció un encuentro de lo más normal. No sé las veces que le dije que lo sentía. El caso es que el domingo siguiente estábamos en el cine juntos, y desde aquel día nos hicimos novios. Han sido tiempos muy felices con ella, hasta aquella absurda pelea. Yo fui el culpable de todo. Tengo que ir a pedirle perdón… No puedo. No puedo ir a su casa a pedirle perdón, y ella no va a venir, no vendrá. Esto es absurdo. Nadie va a venir a echarme una mano. Porque yo tenía amigos, pero todos se marcharon como si tuviera lepra. No sé cuándo empezó todo ni por qué. Sólo sé que cuándo salía a la calle procuraban darme de lado, y si me cruzaba con alguno de ellos apartaban sus ojos y ni me saludaban. Lo cierto es que no sé cuándo salí por última vez a la calle. Hace semanas que no he salido de aquí. Antes salía a correr por las mañanas, y hacía la compra, y por las tardes iba de paseo, pero ahora no. Y lo cierto es que no me he planteado todavía por qué mantengo esta actitud si yo siempre he sido muy activo. Todo es culpa de papá. El y la bebida juntos. Se alían de tal manera que a mí me quedan cada vez menos fuerzas. Cada vez que entra por esa puerta –esa que ahora sólo puedo imaginar, porque levantar la cabeza sería un suplicio -, es como si me clavara un cuchillo en el pecho. Cada vez más demacrado. Cada vez con peores modales y cada vez más viejo. No me ha servido de nada intentar convencerle por las buenas. Alguna vez ha llorado prometiéndome que no iba a beber más, pero al final siempre se va y vuelve bebido, y cada vez peor. No comprendo cómo puede tener esa capacidad. Yo bebo dos cervezas y tengo el estómago tan pesado que no puedo beber más en todo el día. Debe tener el hígado destrozado. Recuerdo que eso también lo decían en la Facultad. Cualquier día se me va a morir en casa sin ninguna atención médica. O lo que es peor, que se muera por ahí tirado como un perro. Hace tantos años que no va al médico como los que hace que murió mamá. Creo que se volvió loco y por eso se dio a la bebida. El era un hombre muy sensato. Es difícil pensar que un hombre de sus características pueda caer en semejante vicio. El siempre dominaba la situación. Se lo transmitió a Hermano. Tal vez es que eran débiles de carácter al fin y al cabo y claro, algún día tenía que derrumbarse la coraza que habían montado a su alrededor. Yo cada vez me encuentro peor. Ahora noto un peso terrible en los párpados. Era lo único que no me pesaba. Tengo que tratar de mantener los ojos abiertos, y sin embargo me es imposible. Me parece que me estoy muriendo. Sí. Vuelvo a ver ahora su manto negro y su reluciente guadaña –ahora brilla más que nunca -, y su sonrisa burlona. Me hace un gesto para que me aproxime. Debo moverme. Si me quedo quieto voy a obedecer y no quiero irme todavía. ¡Soy un montón de dudas! Ya no soy nadie. Sólo soy un cuerpo con ideas incongruentes, que recuerda cosas sin sentido, cosas que había olvidado voluntariamente y que le hacían daño, y se encuentra aquí derrumbado sobre la mesa luchando consigo mismo para no ir con ella. He de serenarme. He de aguantar un poco más. Siempre tuve suerte en los momentos críticos. Espero que ahora también tenga suerte. Ahora no debo abandonarme. Fue un error abandonar los estudios. Ahora no estaría en este estado. Ya habría dado con la causa de este mal y lo habría atajado. Pero ahora sólo recuerdo algunas cosas de aquella época. No son demasiadas. Sé que una aspirina no iba a arreglar nada. Pero no sé nada más. ¡Soy un imbécil! Al final sólo soy un inútil. Tantas ilusiones puestas en un porvenir importante como médico, en una moderna, limpia y buena consulta, y ahora estoy aquí luchando sin armas contra el enemigo que siempre gana. Si al menos estuviera aquí mamá… Ella me haría más leve esta lucha. Creo que incluso podría morir tranquilo, pero ella no está y tengo miedo. Cuando tenía miedo ella me cantaba para hacerme dormir. ¿Cómo era aquella canción? No puedo recordarla. ¡Y la maldita muerte no hace más que llamarme! ¡Vete a la mierda! ¿Por qué no me dejas en paz de una vez? Yo deseo vivir más tiempo. Papá me necesita. Tengo que conseguir que deje de beber. También he de hablar con mi novia. Ella me quiere y estoy seguro de que me va a perdonar. Quiero tener un montón de chiquillos jugando a mi alrededor. Un montón de pequeñas criaturas que hagan un mundo menos asqueroso que éste. ¡Déjame en paz! Oigo pasos en el pasillo. Son pasos vacilantes. Inconfundibles. Es papá. Ha decidido volver y eso me gusta. Tal vez él consiga ayudarme a librarme de esta maldita muerte que no cesa de llamarme. ¡Cállate! Vamos, papá. Tienes que conseguir abrir como sea esa maldita puerta. ¿Por qué habrás bebido esta vez? Hoy necesito que vengas lo más sereno posible. ¡Deja ya de martirizarme! ¡Eso es! Ha abierto la puerta y se acerca hacia mí. Noto que me coge en sus brazos y me dice algo. ¡Esa maldita muerte grita demasiado y no logro entender lo que dice papá! Creo que está llorando. ¡Papá, no te preocupes, voy a reunirme con mamá allí donde esté! Te prometo que la buscaré y le daré un beso de tu parte. Tú debes dejar de beber. Tienes que volver a ser fuerte. Es así como te quiero. ¡Ya voy! Adiós, papá. No puedo quedarme más… Es curioso, pero no oigo nada. Creo que he conseguido que no queden moscas en casa.

Publicado 7 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Miguel "Libertad"   3 comments

Miguel salía por primera vez del pueblo. Le habían contado muchas historias que él escuchaba con la boca abierta. Incluso le habían dicho que había gente que hablaba otro idioma. Nunca había podido comprender qué era un idioma. Para él la gente hablaba igual en todas partes, igual que en su pueblo. ¿Cómo iba alguien a cometer la locura de llamar a la cama de otra forma que no fuera cama? ¡Eso no era posible!
Como digo, era la primera vez que salía de su pueblo, y al cerrar la puerta de su vieja casita blanca sintió algo extraño. Habría jurado que le temblaban las piernas. Bajó la cabeza y se le escapó una lágrima que atrapó con el puño de la camisa cuando no miraba su madre. Ella siempre había cuidado de que sus modales no fuesen violentos, y quiso siempre que fuese limpio. Miguel no comprendía muy bien por qué. ¿Por qué había de comer con cuchillo y tenedor, o lavarse las manos? ¡Ningún muchacho del pueblo lo hacía! Ya no podía recordar cuántas veces había mandado al diablo a su madre.
Por el camino fue cambiándole la cara continuamente. Llevaba la frente pegada al cristal de la ventanilla del viejo autobús. Nunca había sabido para qué servía; además, nunca se había preocupado de saberlo. Ahora sabía que la Tierra era más grande que el pueblo y los campos de sus “familiares ricos” –el les llamaba así porque siempre le hablaban del Tío Ramón o el Tío Paco. Vio tractores, molinos, y otro pequeño pueblo casi igual al suyo. Llegó a pensar que le habían llevado a dar un paseo y ahora le devolvían a su casa.
Siguió el camino y pudo ver casas muy grandes y oscuras que echaban humo por grandes chimeneas. Pensó: “Claro, ahí debe haber mucha gente y hay que freír muchos huevos.”
Pronto vio que llegaban a un pueblo grande. Las casas eran tan altas que apenas si podía ver un trocito de cielo. El autobús se detuvo, y el cura, que había viajado con él y con otros dos chavales más, le mandó bajar. Cogió su maleta de mala gana, se puso la gorra gris que le había regalado su madre y se dispuso a bajar.
Miguel no podía creerlo. Se frotó los ojos hasta la irritación y se pellizcó para comprobar que estaba despierto. En un trozo de calle igual que su patio –que tampoco era muy grande -, había más gente que en todo su pueblo entero. Había muchos autobuses iguales al que le había llevado hasta allí. Había muchos coches, grandes y brillantes, y pensó en el del alcalde. El también tenía un coche, pero tan pequeño, viejo y lleno de polvo, que daba asco. Había tantas tiendas, tantas pastelerías, que se hubiera quedado allí, mirando durante horas. También se acordó de Luisillo el panadero, que vendía en su tienda hasta rastrillos y sombreros de paja. Le llamaban panadero porque en los pueblos sólo importa el pan. Con tener un trozo de pan que llevarse a la boca es suficiente. Al fondo vio un guardia con un pito haciendo unos gestos extraños pero elegantes a la vez. Los coches se detenían y continuaban la marcha cuando él lo ordenaba. Se acordó entonces de Carmelo, el viejo y gordo guardia que se pasaba el día en el bar bebiendo y jugando a las cartas con el cura y el alcalde. Ese no era elegante: iba despeinado, con la camisa fuera, los zapatos sin limpiar y con lamparones en los pantalones. Más bien parecía un cerdo. De momento le fascinaba todo, y cuando se paró a mirar un escaparate se encontró con un capón del cura, que le dio después una patada en el culo que le estuvo escociendo diez minutos. Miguel se acordó de algunos parientes del señor cura, pero en silencio, porque si el otro le oye, ya hubiéramos visto lo que le habría pasado.
El cura había empezado a hablarles, y Miguel pensó que era alguna historia, así que no le hizo caso y siguió contemplando el paisaje, pero esta vez estuvo alerta para no ser sorprendido por otro capón ecuménico. Además, hubiera tenido que decir “amén” y eso no le hacía ni pizca de gracia.
Lo que si le llamaba la atención era el hecho de no ver árboles ni flores por allí. No había verde más que en las persianas y las luces de colores de algún cine. También era curioso el aspecto de la calle. No tenía cascotes, ni arena, ni hierbajos. Era de un color grisáceo y no tenía hoyos. Si pasaba un coche no levantaba polvo. Además, no había burros, ni cerdos, ni gallinas. Debía ser aburridísimo jugar en las calles de ese pueblo.
Por fin llegaron a una casa muy grande. Parecía muy antigua –al menos se lo pareció a Miguel. Tenía un patio enorme con jardines y una gran tapia alrededor. También había una puerta negra de hierro que chirrió horriblemente al abrirse. Siguieron por un sendero hasta la puerta de la casa, donde les recibió otro cura. Les condujeron a lo largo de un interminable pasillo y por allí vieron a muchos más curas. Miguel pensó que el cura de su pueblo les había llevado allí para que conocieran a sus familiares y amigos, que también debían ser curas. La verdad es que Miguel muchas veces quería preguntar cosas, pero no lo hacía por miedo a ganarse un mamporro.
Llegaron a una puerta de madera y llamaron. Entraron en la estancia y vieron una mesa enorme, y sentado tras ella un no menos enorme frailón con una espectacular barriga, una brillante y gigante calva y una sonrisa de oreja a oreja nada agradable. Mientras la vista de Miguel seguía una mosca, los curas estuvieron hablando un rato. Por fin, el cura de su pueblo besó a los otros dos muchachos y después a él. El beso de aquel hombre tan asqueroso le sentó como un tiro. Primero se limpió descaradamente con la manga de la camisa, y en cuanto pudo, se lavó con jabón. Si su madre le hubiera visto en ese momento, desde luego que hubiera pensado que su hijo se había vuelto loco.
Una vez se hubo marchado Don Marcial –que así se llamaba el sacerdote -, el otro les dijo que aquello era una escuela. ¿Qué era una escuela? ¿Y por qué diablos no le dijeron sus padres qué era una escuela? El tenía derecho a saberlo, para no ir si no le gustaba, pero su padre no podía contárselo porque era demasiado autoritario para hablar con su hijo si no era gritándole o con el cinto en la mano. Cuando recordó esta imagen de su padre, Miguel se reconfortó. Al menos no le darían cintazos en el trasero.
El gordo les acompañó hasta unas habitaciones. A él le tocó la última. Vio rápidamente que allí había dos camas, cosa que le extrañó un poco al principio, pero que pudo comprender enseguida cuando vio en una de ellas a otro niño que parecía un camión –porque roncaba como tal. Tenía las orejas de tamaño familiar y los dientes de conejo. Su aspecto era el de un ratón. Y como Miguel no estaba dispuesto a aguantar la sinfonía de ronquidos con que le estaba obsequiando su compañero de habitación, se decidió a poner fin a la misma y le despertó de un puntapié en el trasero. El otro, naturalmente, se asustó, pero como era sociable, no se irritó demasiado y se brindó a hablar con Miguel. Se hicieron amigos y aquella noche, “el Ratón” –que así le llamó desde entonces Miguel – le sirvió como maestro y le contó muchas cosas. Le contó como era aquello y como funcionaba la escuela. Le costó bastante entender para qué tenía él que escuchar a un cura que le contara cosas. En su pueblo nadie sabía lo que era la historia y la ortografía y vivían muy felices.
La mañana siguiente fue por primera vez a clase. Otro cura –y ya iban no sé cuántos – empezó a hablar de las letras, unos dibujos muy curiosos que aquel señor quería que Miguel aprendiera a escribir. Les decía que eso que había allí era lo que formaba las palabras. Cuando el buen señor dijo que lo que había escrito en la pizarra era una casa, Miguel se puso a reír a carcajadas sin poder evitarlo. Cuando el otro le preguntó de qué se reía contestó que él no veía allí ninguna casa y que de puerta y ventanas, nada de nada. El cura le mandó acercarse y le dio diez azotes con un junco. Aquella noche se tumbó boca abajo en la cama y hubo de recurrir nuevamente al “Ratón” para que le explicase algunas cosas. La cabeza de Miguel parecía a punto de estallar y tuvo que contar hasta diez para no gritar. Se dio cuenta de que estaba aprendiendo muchas cosas en muy poco tiempo, pero también sabía que no tenía otro remedio, ya que si no, no podría sobrevivir en ese mundo de locos.
Fue muy curioso, pero el día siguiente no hubo clase y se fueron todos al campo. Miguel estuvo jugando con el “Ratón” todo el día. Le pasaron muchas cosas por la cabeza y sobre todo recordó a su madre. Ella no había sido muy buena mandándole allí a ciegas, pero era su madre y él la quería. Se hizo la promesa de escaparse de aquel infierno en cuanto tuviera una buena ocasión, y se iría con su madre a casa.
Por fin llegó otro día de campo, y Miguel se llevó todas sus cosas bien escondidas para que nadie pudiera descubrirle. Cuando estaban todos más absortos, cada uno en lo suyo, alumnos jugando y curas comiendo –que parece ser su más importante afición -, Miguel se despidió del “Ratón” y se marchó corriendo con todas sus fuerzas y al máximo que le daban las piernas.
Aquella noche le estuvieron buscando por todas partes. El “Ratón”, como buen amigo, no soltó prenda y la búsqueda fue inútil. A la mañana siguiente, los curas dieron parte a la Guardia Civil dejando el caso en sus manos.
Entretanto, Miguel ya había llegado a la ciudad, que no parecía ahora tan hermosa y elevada. Ahora se asemejaba más a la boca de un lobo hambriento. Ahora no pensaba en los escaparates ni las luces de colores de los cines que había visto al llegar allí.
Puso un poco en orden su mente y concluyó que debía conseguir dinero para poder volver a su casa. Se sentó en la acera y empezó a buscar en su despierto cerebro algún modo de encontrarlo. Y lo encontró. Tal vez si ayudaba a alguien a realizar un trabajo le dieran unas perras que le vendrían muy bien para sus fines. Pero mientras pensaba se le había echado la noche encima y el hambre casi le devoraba. Sacó del bolsillo un poco de pan que llevaba, se lo comió y se dispuso a dormir un poco acurrucado en un portal.
No pudo dormir nada. Hacía frío y no se podía estar en la calle. Los dientes le rechinaban y parecían estar bailando claqué. Hubo algunos momentos en que Miguel creyó morirse y empezó a rezar, pero no pudo terminar ninguna de las veces que lo intentó. Era difícil. En la escuela nunca lo había conseguido, y eso que había curas para enseñarle; pero nada. Allí, sin curas y con ese frío, era imposible. Por otra parte, estaba su casa. La idea de volver le obsesionaba y no veía más que su pueblo, su casa, su madre… Por fin amaneció y empezó a verlo todo de distinto color.
Con el amanecer volvió el apetito a su cansado y vacío estómago. Pero esta vez no había nada en sus bolsillos. Caminó por las calles y habló con varias personas con la idea de ayudarles en su trabajo, pero nadie quiso. Por fin, un panadero aceptó su ayuda para cargar una camioneta. Una vez terminado el trabajo, Miguel vio recompensado su esfuerzo con un trozo de pan con chocolate y dos pesetas.
Se sentó en el suelo y se dispuso a devorar aquel exquisito majar que se le ofrecía. Era delicioso. Jamás había notado en el pan un sabor tan agradable y en el chocolate tal dulzura. El caso es que se lo comió en un santiamén y cerró los ojos. Así estuvo un par de horas, fuera del mundo y respirando hondo y feliz. Seguramente, si alguien le hubiera preguntado en qué pensaba en aquellos momentos, el no habría sabido contestar.
Cuando despertó empezó a buscar algo. No sabía qué, pero tenía que encontrarlo. Por fin, al volver una esquina lo encontró: era un estanco. Entró y compró lo necesario para escribir y mandar una carta. El importe fue de dos pesetas, o sea, todo su capital.
Con la mano temblorosa y la felicidad a flor de piel, escribió sentado en un banco. Ahora tenía que buscar un buzón, pero tampoco quiso darse prisa y se quedó allí un rato.
Pero no había pensado en la comida y ya era muy tarde. Tenía hambre y no tenía dinero ni nada que llevarse a la boca. Entonces, al otro lado de la calle, vio la solución: un carro de frutas. No estaba el dueño y podía salir corriendo. Era muy fácil.
Se dispuso a hacerlo. Se acercó al carrillo y cogió dos hermosas manzanas. Pero alguien gritó tras él y salió corriendo. Volvió la cara y vio que el otro le seguía. Corrió y corrió como un loco sin mirar dónde iba. Estaba tan desencajado que no pudo ver el camión que se le echó encima.
Le recogieron ensangrentado de la calle y le llevaron a un hospital. Sus padres no llegaron a tiempo. Cuando entraron en la sala, su hijo ya no respiraba.
Les entregaron una serie de cosas de su hijo, entre ellas una carta. La madre leyó entre sollozos:
“Queridísima mamá:
Como puedes ver ya sé escribir, y hoy he comprendido para qué sirve el haber aprendido, porque si no supiera, no podría mandarte esta carta.
Estoy deseando volver, y me he escapado del colegio, porque te quiero tanto que…”
Y no pudo continuar.
Hoy sus restos descansan al pie de uno de los árboles que solía trepar. En la modesta lápida, sólo se puede leer “MIGUEL”. y de vez en cuando alguien sale de una casa del pueblo y deja un ramillete de amapolas sobre la tumba. Y una vez al año llega un niño con las orejas de tamaño familiar y los dientes de conejo y suelta una paloma blanca ante la mirada extrañada de algún campesino.

Publicado 7 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Vega y su par de ovarios   2 comments

Porque hay que tener un par de ovarios bien puesto para escribir lo que he podido leer en su blog oficial hace un rato. Y no voy a comentar nada porque ya lo he hecho en el blog y porque creo que debo decírselo en persona cuando la vea el próximo día 17 en la sala Búho Real. No me necesita a mí ni necesita a nadie para defenderse, porque lo hace muy bien ella solita, y aunque haya quien piense que es ponerse a la altura de quien le insulta, yo creo que tiene todo el derecho del mundo. ¡Ójala hubiera muchos como ella! Aquí os dejo el texto íntegro del post de Vega:
Dic 31

Jeneisapop: Como decirlo sin que suene mal…

Autor: Vega
Categoría: Blog, Varios
51 Comentarios

Muy bien. Son las 4:37 de la madrugada, y he vuelto a encontrar un motivo para quitarme el modo avión y pasar al operativo. Antes de empezar la verborrea quiero darle de antemano las gracias al autor de este post en Jeneisapop http://jenesaispop.com/2009/12/15/vega-galileo-galilei/ por dar una opinión objetiva desde el rincon más indie y “cool” del planeta y por escribirlo con respeto a pesar de los que comentan como un individuo que se hace llamar Baxter (no te gastes.. creo que a la gente que lee vuestra página sólo le gustan las etiquetas indies…).


Me gustó tu visión de mi concierto de Galileo del pasado 13 de Diciembre. Te agradezco tu buenas maneras y educación, y lo agradezco sobre manera dado el perfil de personajes como el que mencioné antes que frecuenta vuestra página web (como en tantas otras cosas existen excepciones que saben decir “no me gusta” con educación, todo mi respeto a los que expresan en vuestra página su opinión desde el respeto). Gracias a Dios, a parte de artista, soy seguidora de muchos otros compañeros de trabajo a los que respeto no por la etiqueta de Indie sino por lo que remueven positivamente en mí al escuchar sus canciones como cualquier otra persona, por eso leo vuestra página.


Probablemente si tuviera que pedir permiso para escribir en mi blog a los discográficos que gestionan mi carrera, familia, amigos y demás hubiera obtenido un NO! rotundo de inmediato seguido de un “NO ENTRES AL TRAPO! TIENES MAS CLASE QUE ELLOS!”. Pero por desgracia no tengo que hacerlo, así que, como es muy sano dejar las mierdas atrás al pasar de un año para otro, hoy 31 de Diciembre de 2009, voy a tomarme la licencia de escribir lo que necesito por respeto a mi misma. Y haciendo caso omiso de la conciencia… me deleito. En mi blog. Mío.


Esto es un blog público, y me siento responsable de cada uno de los comentarios que aparecen publicados en esta página. Jamás aceptaré un sólo comentario que resulte denigrante para cualquier otra persona, sea o no artista, porque el respeto no es una cuestión de grado, es algo que merecemos por el simple y mero hecho de ser seres humanos aunque algunos despretigien a la raza humana al incluirse al nacer en dicho grupo que nos diferencia de los animales. Mi perra tiene más educación y saber estar que muchos. Hoy me voy a permitir algún que otro taco por el cabreo.


No consiento que nadie, independientemente de los gustos musicales que tenga, me falte al respeto por amor al “deporte nacional” de este puto país, el insultar y criticar. Un país en el que la libertad de expresión se ha convertido en libertinaje, donde casi hay que pedir perdón por defenderse, y donde bajo el amparo del anonimato muchos se toman la justicia por su mano y hacen de justicieros, que no de jueces, de lo que se le antoje, “ancha es Castilla”… y tan ancha.


Estoy cansada de callarme ni media, no lo hice nunca. Efectivamente eso ya se vió en OT. Así que con el mayor de los respetos a los que administráis la web de Jeneisapop os insto a moderar bien vuestra página, y a retirar los comentarios que resultan denigrantes para cualquier ser humano, por que sois responsables de lo que se publica, y siento deciros que no voy a dejar que en ninguna web por muy Indie que sea, por mucho que no le guste lo que hago (joder no obligo a nadie!), atente contra mi persona, mi imagen ni ninguna otra cosa con injurias y calumnias. Es un delito, y tiene su condena. Creen que pueden hacer lo que quieran tan sólo con una dirección de correo electrónico y escribir lo que les plazca, porque… en este puto país, en este puto país… la gente se pasa las leyes por el forro de la chaqueta.


Adelante! Haz las descargas ilegales que quieras que no pasa nada, que los artistas estamos pa´ trabajar sin cobrar… quisiera ver yo a esos si a final de mes no les pagan su sueldo a pesar de haber trabajado. Adelante! Insulta, denigra, machaca y escupe a quien quieras por que estás en el país donde nunca pasa nada! Eso sí escondidito detrás de un nick. Vergüenza ajena de quienes lo hacen y vergüenza ajena de los sucesivos gobiernos de este país que han convertido España en la casa de ToquemeRoque, donde la educación es una puta infravalorada (y mil disculpas a las prostitutas que no tienen culpa de nada) y las leyes tienen menos valor que un Kleenex usado. Si mi música se obtiene gratuitamente será porque yo y la gente de mi discográfica la ofrezca así como lo hemos hecho durante cientos de conciertos gratuitos, o porque YO regale la canción sin pedir nada a cambio. Esto no es un campo de flores abierto. Ya esta bien de tanto abuso y encima tener que callarse… porque si abres la boca te llevas una hostia por valiente. Ya pueden empezar a lloverme las hostias porque no pienso callarme… y ojo que tengo manos y boca pa´defenderme.


Al individuo que se esconde detrás del nick de Baxter en Jeneisapop aclararle un par de cosas. Soy mas señora que tú a cualquier hora del día, voy de frente doy la cara con nombre y apellidos, y sobre todo: trabajo. No pierdo el tiempo escribiendo comentarios ofensivos a nadie por el mero hecho de que no me guste lo que hace. La libertad desde el respeto. Vuelve a primaria, aprende modales, quitate el pañal y aprende que cada acción tiene su consecuencia, la de las tuyas la comprobarás pronto. No sólo no me acuesto con nadie para conseguir mis logros, sino que tengo la suerte de no necesitarlo, los consigo gracias a un público que disfruta de lo que hago y van a más cada día, porque me dedico a la música por amor a la música como forma de expresarme. Soy lo suficientemente inteligente como para no haber esperado siete años a coger la vía rápida de haber querido, me hubiera evitado siete duros años de trabajo y esfuerzo, muchas lágrimas y decepciones que cargo en la espalda, y repito… no te consiento que faltes a mi profesionalidad. Que no es que no tenga otra cosa que hacer chat@, tengo una carrera universitaria y mil opciones más al margen de la música porque soy válida, tengo cultura, formación y un sin fin de posibilidades. Sé que jode, pero lo siento porque no me avergüenzo de haber tenido la suerte de nacer en una familia que se preocupó desde que soy chiquita por labrarme un futuro a base de formarme. Gracias a dios tengo una familia maravillosa que me ayuda y me apoya en todo momento y a la cual no te consiento que ofendas con tus palabras. Eres un desgraciad@, porque probablemente tus padres no se merecen después del esfuerzo de criar algo como tu que despilfarres el amor y el cariño empleado en tu “educación” con tus palabras avergonzándolos. Y como yo también tengo un padre, una madre y en general una familia a la que sí supe responder a sus esfuerzos por EDUCARME, no te consiento que faltes ni medio centímetro a su dedicación y cariño. No te equivoques. No me estoy justificando. Me estoy tomando el gusto de ponerte en tu sitio. Por derecho y a cara descubierta. No lo intentes, en esta página si que se moderan los comentarios y cualquier falta de respeto no tiene cabida. Y cualquier cosa que escribas por los mares de la web no tendrán réplica aquí, no lo mereces, te citará directamente un juez (de los de verdad, con su oposición y esas cosas que tienen los jueces de la vida real) junto con mi abogado.


Dicho esto, sólo me queda lamentarme porque sigan sucediendo este tipo de cosas en mi país. Jeneisapop… un poco de responsabilidad sobre tu dominio, porque al final te va a costar caro con las leyes en la mano, a pesar del texto en el que decís no haceros responsables de los comentarios.. la responsabilidad ética y moral a lo mejor no vienen obligadas por las leyes… Pero es como si una página donde se permite postear y comentar sin más dice no hacerse responsable sobre un contenido pederasta publicado por un usuario… eso que se lo diga luego a un juez. Considero vuestra página una página que aporta cultura actual en cierto modo, los comentarios en vuestra web son parte de ella. Personalmente como usuaria vuestra me gustaría evitar leer los comentarios desagradables y sin educación que habitualmente se encuentran en vuestros post a pesar de la buena calidad de los mismos. Es una pena que algo que se escribe con el simple ánimo de informar permita que degenere en estas cosas. Realmente no soy nadie para deciros como gestionar vuestra página, este es mi super comment a vuestro post donde expongo que es una pena que una página dónde se escribe bien sea tan desagradable ver la poca educación de algunos de los que os leen y no hagáis nada por distinguiros a todos los niveles como una pagina recomendable con ojo crítico buena educación y respeto. Personalmente en la mía opté por la libertad de opinión pero desde el respeto. Bajo mi techo quiero educación, saber estar y libertad de opinión que no libertinaje.


Se autodenominan Indies vuestros lectores. Déjame decirte una cosa sobre los Indies. He visto ya a muchos de ellos amargados por la codicia de querer vivir como los “comerciales”, a muchos otros que se pasean en Porches haciendo el indio y que sólo son una pose, y muchos que se rajarían las vestiduras y quitarían el puesto a alguna pobre prostituta de la calle Montera a cambio de vender y alcanzar lo que alcanza Beyoncé, Ricky Martin, Enrique Iglesias y otros tantos… Y he visto a muchos otros músicos Indies que son grandes profesionales que disfrutan de su modo de entender la música respetando a los demás. Así que, por respeto a la filosofía Indie, haceros un lavado de conciencia, un poco de más educación y respeto hacia los que como yo, se la trae al pairo ser Indie, Pop, Rock o lo que se tercie, etiquetas que odio tanto como la de OT. Yo soy Vega y al que no le guste que no mire y sobre todo que me dejen vivir en paz. Hoy me robaron el sueño… primer día y último (apreciado defecto humano el de no poder morderse a lengua siempre y permitirnos la licencia de ser susceptibles por un momento). Es un consejo con el corazón en la mano, porque las formas os hacen perder la razón.


A los demás… los que leéis este blog como siempre… pediros disculpas por un post tan agrio. Indudablemente mañana por la noche pasaré para felicitaros el año nuevo, y este post formará parte de esas pocas cosas dignas de ser olvidadas de las que sucedieron en 2009. Un 2009 que… pese a quien le pese, fue un año maravilloso para mí, cargado de recompensas a 7 años de profesionalidad, duro esfuerzo y respeto por los demás, empezando por mi público. Un año merecido.


Vega.


Mercedes Migel Carpio.

Publicado 1 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

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