Archivo para enero 2010

¿Por qué te dejan escribir en MARCA?   Leave a comment

No pensaba terminar el mes en este blog hablando de este tema, pero es que a veces, a uno se le hinchan las narices de leer sandeces por parte de supuestos periodistas deportivos que en su vida, lo más redondo que han visto es una onza de chocolate. Y esta mañana he bajado al quiosco a comprar el MARCA, como todos los días, y le he estado echando un vistazo, y justo al final, en la sección “Lo dice MARCA”, me encuentro con un artículo de opinión de casi media página, escrito por ese chico que en tiempos gritaba en “Los 40 Principales”, y al que algún preboste de la COPE le ha dado un micrófono para que juegue a ser periodista deportivo. José Antonio Abellán, independientemente de sus colores, que todos conocemos, y que no deberían influir en lo que dice en sus programas, o escribe en la prensa, era uno de los muchos locutores que la famosa lista de éxitos ha tenido en su historia. Para los más jóvenes, que no le conozcan, les diré que se hacía llamar “el baby”. Y creo, sinceramente, que debería seguir siendo el mismo, dedicarse a sus discos, a poner a las horas pares el número uno de “Los 40”, y dejar el tema del fútbol, porque no tiene ni puñetera idea.
Ya está bien de burlarse del madridismo, señor Abellán, porque el hecho de que haya madridistas indignados con la sanción a Cristiano Ronaldo, nada tiene que ver con lo que usted cuenta en su “artículo”. Mire usted, lo primero que debe hacer es repasar los cientos de codazos que se producen en cada joranda, los resultados de los mismos, las medidas tomadas por los árbitros -el mismo que expulsó a Cristiano obvió uno a Sergio Ramos-, y las sanciones disciplinarias tomadas por los comités correspondientes, compuestos por personas que tienen la misma idea de fútbol que usted. Debería recordar que el único jugador que ha sido sancionado en la historia del fútbol por meter un gol con la mano ha sido Raúl González, y debería recordar que cada vez que el Real Madrid presenta un recurso se le deniega, y cada vez que va al Tribunal Español de Disciplina Deportiva, de la suspensión cautelar de la sanción, nada de nada, mientras que cada vez que un rival lo hace antes de su partido contra el Madrid, se le concede sin ningún problema.
Soy madridista, sí, y creo que el señor Ronaldo se pasó, que está bien expulsado, y que los dos partidos de sanción pueden ser justos. Y me fastidia que el señor Valdano dijera lo que dijo tras el partido, porque lo que deberían hacer desde el club es echarle una buena bronca al luso, además de multarle adecuandamente, porque un futbolista que ha costado lo que ha costado y gana lo que gana, no puede permitirse faltar a los partidos por sanción, y más si es tan estúpida como esta. Pero lo que quiero, como madridista y como deportista, es que se mida a todos con el mismo rasero, y que si el codazo de Ronaldo a Mtiliga es una agresión y merece dos partidos de suspensión, se haga lo mismo con todos los jugadores. Lo que quiero es que si Messi le da un codazo a Valiente, le pongan dos partidos, que si Duda le da un codazo a Sergio Ramos, le pongan dos partidos, que si Agüero mete un gol con la mano, le pongan dos partidos, que si en el Camp Nou alguien tira una cabeza de cochinillo, le cierren el campo al Barça, que si un equipo se retira en una competición, se le sancione adecuadamente… Estoy harto de leer y escuchar que el Real Madrid no debe protestar por nada, que tiene que aguantarse con lo que le venga. ¡Pues no! Me niego a eso porque todos los equipos son iguales, juegan once contra once, y por mucho que cueste un jugador, y por mucho que gane, al final son seres humanos que aciertan y se equivocan, y por tanto, en el campo no hay millones. Puede que los jugadores del Madrid tengan más dinero, casas más grandes, coches más caros, pero tienen dos piernas, una cabeza y un corazón, como todos, y en el 105×70 se iguala todo. Los árbitros se equivocan, y favorecen más a los grandes, tal vez porque provocan más situaciones susceptibles de tomar decisiones, pero los comités, los directivos, deben ser justos con todos. Y llevamos mucho tiempo viendo que no es así y que siempre se favorece al mismo.
Usted nos ha tratado como imbéciles, y no es así, tal vez es que, como dice al final, se ha vuelto loco. Debería leerse y darse cuenta de que está insultando a todo el madridismo con sus palabras y que no tiene ningún derecho a hacerlo. Yo no le voy a insultar, y sólo le voy a decir una cosa: haganos el favor, y hágaselo a usted mismo, de dejar el periodismo deportivo, para el cual no ha nacido, y vuelva a la música, tal vez le venga bien un programa de discos dedicados, porque ya no tiene edad para ser locutor de “Los 40 Principales”, pero si quiere, y para recordar viejos tiempos, siga haciéndose llamar “el baby”, pero por favor, déjenos en paz.
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Publicado 31 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

El lenguaje del fútbol (1). El palo largo y el palo corto.   Leave a comment

Es curioso en muchas ocasiones, el lenguaje del fútbol. La terminología a veces resulta confusa, otras, divertida, incluso incorrecta, pero todo amante del deporte rey conoce, o debe conocer los vocablos que se utilizan habitualmente. Y para quien no los conozca, de vez en cuando incluiré en este blog pequeñas explicaciones, anécdotas, etc., sobre el tema.
Y empezamos con eso que llaman “palo largo” y “palo corto”. La portería, en tiempos de madera, estaba formada por tres palos, los dos postes verticales, y el travesaño horizontal. Las medidas de estos tres “palos”, son 7,32 m de ancho por 2,44 m de alto. Y en términos futbolísticos, se conoce como “palo largo” al poste vertical más alejado del balón en el saque de una falta o un saque de esquina, y se conoce como “palo corto”, al poste vertical más cercano al balón en el saque de una falta o un saque de esquina. Hasta aquí, todo correcto, pero, ¿qué pasa en un penalty? Pues Jorge D’Alessandro, portero argentino que jugara entre otros equipos en el Salamanca allá por los años setenta, y que fuera entrenador, entre otros, del Atlético de Madrid, ahora dedicado a los comentarios de partidos en distintos medios de comunicación, nos sorprendió en una ocasión con la expresión de un penalty lanzado “al palo corto”. Pues bien, o el punto de penalty no estaba en su sitio, o don Jorge se columpió de manera escandalosa. Pero eso, en fútbol, no es extraño, así que queda como una anécdota más.
Y para acabar con este primer capítulo, os dejo un poema que he encontrado en uno de los blog que visito de vez en cuando:
Fútbol: el palo largo y el palo corto

Los cronistas deportivos
siguen todos en sus trece
porque, obtusos y obsesivos,
del idioma hacen despiece.

Nos hablan del palo corto,
nos hablan del palo largo…
y yo que me quedo absorto:
¿es que son palos de encargo?

Permítanme que me ría:
Los dos palos son iguales.
No hay ninguna portería
con formas trapezoidales.

Si nos dicen que el balón
entró por el palo largo
dan casi la sensación
de que fue un gol con recargo.

Y hay goles que son regalos
pues los mete el delantero
por el palo del portero:
¿no son suyos los dos palos?

¿Y qué pensar cuando afirman
que hay un balón “dividido”
Y después no nos confirman
si es que alguno lo ha partido?

A lo que era antes centrar
ahora llaman asistencia.
Y el tiempo para el final
no falta sino que…resta.

Ya no se dice regate:
ahora se llama encarar
Y quedan más disparates
que hay que desenmascarar.

Meter gol es definir
cuando lo suyo es …marcar
Y fallo no oirás decir:
es “no materializar”.

Si el marcador no ha cambiado
dicen que está inalterable:
si nadie puede alterarlo
firmen, de entrada, ya el empate.

Y ya no dicen final
sino finalización.
Pronto dirán que empezar
es.. ..inicialización.

¿A dónde quieren llegar
con tanta cursileria?
¡Que piten pronto el final!
¡Vaya jerga, madre mía!

Fuente: Rima que algo queda

Publicado 26 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Hoy me he comprado una webcam   2 comments

Sí, no sé cuántos años llevo negándome a comprarla, y esta mañana me la he comprado… Y reflexionaba hace un rato sobre ello, y sobre las veces que uno niega las cosas y al final las acepta. Y es que la tecnología nos pasa por encima y no nos queda más remedio que agarrarnos a ella con todas nuestras fuerzas para no quedarnos atrás. Aún recuerdo cuando una vez llegó a mi casa uno de esos vendedores a domicilio con la intención  de que me matriculara en un curso de programación de ordenadores en sistema binario, y cómo lo rechacé diciéndole que eso no tendría futuro. Poco tiempo después, aquella gente que optó por hacer esos cursos, empezaba a “forrarse” con la programación de ordeandores. Y también recuerdo cómo en la Facultad utilizábamos aquellos mamotretos lentísimos programados en Basic y las primeras calculadoras prgramables.
También recuerdo cómo negaba que alguna vez utilizaría en casa un ordenador personal en la época en que empezaban a venderse, y cómo no tardé mucho en tener el primero, un IBM de 640 Mb de disco duro y 8 Mb de memoria RAM. Desde ahí, los cursos, aprender la mayor cantidad de secretos posibles de la informática. Y si no un adicto, o dependiente del ordenador, si me fui convirtiendo en un usuario relativamente avanzado. Y llegó internet con todas sus posibilidades, un mundo creciendo en poco tiempo con infinitos caminos dentro de la información, con sus ventajas y sus inconvenientes, con sus usos y sus abusos. Un mundo fascinante que a todos nos ha cautivado y que ahora, la gran mayoría no podría vivir sin él. De hecho, ¿a quién no le ha pasado que se ha caído la red en su trabajo y se ha visto indefenso? Ya no recordamos cuando se calculaba a mano o con una calculadora de pilas, o cuando se contabilizaba a mano en un libro de verdad, o cuando la nómina se rellenaba con un bolígrafo… Hoy en día eso es impensable, ¡faltaría más!
Pero la revolución dentro de internet llegó con los chats, cada día más sofisticados, y las redes sociales, como Facebook, hi5, Tagged, Myspace, Twitter, Tuenti, Badoo, etc. En ellas las personas interaccionan de una manera cada vez más intensa, y casi “exigen” poder ver y hablar con los demás, aunque estén al otro lado del mundo, de una manera instantánea. La gente se atreve a hacer cosas que no hace en su vida real, y el tímido se desinhibe con esas personas con las que habla. En este mundo paralelo, sólo algunas consas son iguales que en la “vida real”, y el tímido se desinhibe, el que tiene problemas para comunicarse con las personas del otro sexo, aquí lo hace con toda normalidad, como si perdiera el miedo. Y rara es la persona que no dispone de un micrófono o una cámara web para poder escuchar y ver a su interlocutor. Yo era uno de ellos, negándome durante años a tener estos dos accesorios, y esta mañana he ido y me he comprado una webcam.
Dicen que Pedro negó a Jesús tres veces, pero, ¿cuántas veces negaremos los seres humanos las cosas para luego caer en sus brazos? ¡Hala, desde mañana, contactos del messenger, me podréis ver el careto por la ventanita que se abre arriba a la izquierda!

Publicado 24 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Vega y el "Búho" más especial.   9 comments

Son las 21,30 de la noche, y como de costumbre, nos hace esperar, aunque sabemos que al final merecerá la pena el retraso. Esta vez me he traído conmigo a Sergio, mi sobrino mayor, que lleva algo más de un año y medio tocando el bajo y es buen amante de la música en acústico, aunque sus gustos particulares vayan por caminos un poco distintos a los de la cordobesa y los míos propios. Nos han dado en la puerta la ya famosa “maraca” hecha con una botella de MAELOC –es publicidad pero hay que agradecerle que apueste por Vega y apoye su gira de invierno- y nos disponemos a ver con qué nos sorprende hoy, porque siempre nos sorprende con algo, y como ya contaré más abajo, iba a hacerlo.
A eso de las 21,50 suben al pequeño escenario Pablo Martín, Kike Fuentes y Vega. Muy juntos, porque además de que el sitio no permite mucho más, se nota que forman un buen equipo, y los equipos se juntan para conseguir los objetivos. Ya en el concierto de Galileo, con toda la banda, demostraron ser unos músicos de categoría, y hoy hay que demostrarlo aún más si cabe, porque aquí es donde los fallos se notan más. Y allá vamos, con un concierto un poco distinto, porque los “Búhos” siempre son distintos a los demás, con sus canciones más emblemáticas salpicando las de “Metamorfosis”, y algunas versiones, como siempre acostumbra a hacer. Pero en esta ocasión hay alguna distinta, muy bien elegidas, por cierto, y cantadas con el gusto que acostumbra. Una grata, gratísima sorpresa para mí, la interpretación de “Perlas ensangrentadas”, de Alaska y Dinarama, del álbum “Canciones profanas” publicado en 1983, y que supuso uno de los grandes temas del pop español en la década. Y por supuesto que, no sorprendido, sino realmente admirado, de la interpretación del clásico “¿Qué sabe nadie?” popularizada por el gran Raphael, y que en su versión suena maravillosamente bien. ¿Para cuándo un dúo con el genio de Linares? Y por supuesto, que tomen nota quienes hablan a la ligera de personas a las que no conocen, porque, no nos olvidemos, los artistas, antes que nada, son personas, que tienen derecho a ser respetados como los demás mortales. Así que, a los listos que se esconden tras un Nick para insultar o desprestigiar, decirles que se den una vuelta por youtube, ya que no irán jamás a un concierto en nuestro querido “Búho Real”, y que vean por qué hay gente que sigue a Vega y cómo se gana grabar discos.

Lo dicho, con unos compañeros de viaje, como ella misma les llama, totalmente acoplados al sentir de Vega y de su público, el concierto resulta divertido y emotivo. Pablo Martín y Kike Fuentes son unos músicos fantásticos que aumentan aún más el valor que ya tienen los conciertos de la cordobesa por sí solos. He escuchado muchas veces “Grita”, esa especie de himno para sus fans, tanto en disco como en vivo, y en esta ocasión, no sé por qué, pero mi sensación es distinta, reconozco que se me ha hecho un nudo en la garganta, y he llegado a la conclusión de que, en efecto, la misma Mercedes que tocaba en los bares de Segovia o trabajaba en el UNO, se sube cada día a un escenario vestida de una Vega cada vez más profesional, más seria en su trabajo, más madura, más hecha. Vuela sola, puede hacerlo, pero todos somos importantes, los fans, los amigos, la familia, e incluso sus críticos, para que su vuelo sea más alto, ágil y ligero, y le lleve a lo más alto. Si en el concierto de “Galileo” vi a una Vega enormemente profesional, ahora me encuentro ante una artista completa, ¿y sabéis qué? Pues que estoy muy orgulloso de ella, y que me da igual que penséis que soy un pesado por decirlo cada vez que hablo de ella, pero como es la verdad, la diré las veces que haga falta.
Al final, bastante jaleo, con gente queriéndose hacer una foto con ella, pero encuentro un momento para hablar con ella, nada especial, un saludo y ya está, hasta la próxima, que por la agenda que tiene, será en unos meses, pero valdrá la pena esperar y leer las crónicas de los próximos conciertos, y sus propias reflexiones. Nos vamos satisfechos y la dejamos firmando discos, haciéndose fotos con todo el mundo, con su sonrisa de siempre, la de antes de Operación Triunfo, y la de después de convertirse en una artista completa.

PEPE

Todas las fotos:

Publicado 19 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

"Desastre", sí. "Malos Vicios", no.   4 comments

Pues sí, el título parece raro, pero no lo es tanto si digo que anoche estuve en la Sala Taboo de Madrid, en el concierto de los grupos Desastre y Malos Vicios. Y nos acercamos a esta sala y a ver este concierto porque uno de los componentes de Desastre, Diego Rodríguez “Archi”, también trabaja en la misma empresa que yo, y aunque ya les había visto un par de veces, mis compañeros no, y ya tenían ganas. Así que allí nos presentamos y pasamos un buen rato. Desastre es un grupo que, dentro de lo que podríamos llamar “rock’n’roll”, mezcla distintos estilos, como country, ska…, y resultan realmente divertidos. Ya son muchos años los que llevan en la brecha, y ofrecen un buen directo.
Aquí he subido algunas fotos más:
Y, aunque no tengo ningún vídeo de anoche  -supongo que en pocas horas alguien subirá vídeos a youtube-, os dejo un vídeo de un concierto anterior, para que podáis comprobar que merece la pena asistir a un concierto de estos chicos.

¿Y dónde encontrar información sobre el grupo? Aquí dejo unos enlaces:
Pero lo de Malos Vicios fue distinto. Sinceramente, no sé si fue una mala noche o que siempre suenan así de mal. No se escuchaba la guitarra, tampoco las voces, y el equipo en general era bastante deficiente. En resumen, que nos acabamos yendo a la quinta o sexta canción, y nos fuimos a tomar una copa por ahí. De ahí el tútulo de esta pequeña y atropellada crónica. Al final, me alegré de que Desastre tocara primero, porque si hubiera tenido que tragarme el concierto de Malos Vicios entero antes de ellos…

Publicado 17 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

Rebeca   2 comments

Rebeca era una niña alta, delgada, desgarbada. Tenía el pelo rubio y los ojos azules, pero nunca iba arreglada, siempre sucia y llena de remiendos. Nunca fue a la escuela y con trece años todavía no sabía leer ni escribir. Su padre había muerto tan pronto que ella no podía recordarle, y su madre….. bueno, su madre era como si no existiera. Siempre con una botella en la mano, siempre con hombres distintos, siempre ausente. Rebeca debía buscarse la vida como fuera. Trabajaba en el campo, hacía recados a los vecinos, limpiaba las casas, lo que fuera por unas monedas para comerse un triste bocadillo. Era pobre, extremadamente pobre, y la gente le tenía lástima. Le daban ropa usada y a veces le daban un baño a base de estropajo de esparto y jabón de aceite y sosa. Los chicos del pueblo se reían de ella porque no sabía nada, no conocía nada. Siempre le gastaban bromas pesadas y le pegaban, le tiraban piedras y excrementos de vaca. Ella corría y lloraba. Nunca respondía a las provocaciones, nunca levantó la mano a los otros niños aunque fueran mas pequeños que ella. Sus ojos brillaban y se cubrían de lágrimas, pero se callaba y se marchaba corriendo.
Rebeca tenía trece años y no sabía leer, y su madre estaba pero no estaba, y tenía miedo a todo y la gente se reía de ella y le pegaba. Y Rebeca se cansó de todo y se marchó del pueblo con su ropa vieja y llena de remiendos, con su cara sucia y su rubio cabello enredado y mal peinado. Empezó a recorrer caminos y caminos. Llegó a otro pueblo donde nadie la conocía y la miraban extrañados. Rebeca tenía miedo y hambre, y no sabía como conseguirse un trozo de pan, sólo miraba. Miraba a la gente que pasaba, miraba los escaparates y los puestos de los vendedores ambulantes. No se atrevía a robar porque nunca lo había necesitado, aunque la necesidad era cada vez más grande. Se sentó en una esquina y no pensó, simplemente se sentó como podría haber permanecido en pie, o haberse tumbado en el suelo. No era consciente de lo que hacía ni por qué lo hacía. Su mundo era demasiado pequeño como para analizarlo, y menos con el estómago vacío. Así, apoyada contra la pared, se fue quedando dormida. Su sueño fue el de siempre. Soñó con libros, papeles y lápices. Soñó que sabía leer y escribir, y que tenía dinero y se lavaba y se peinaba, y su ropa era hermosa y nueva. La gente la admiraba y la quería, y todos querían ser sus amigos, y su madre no bebía, y un padre sin rostro la abrazaba y la besaba sin parar…. Pero los sueños son sólo sueños y el frío y una voz autoritaria hicieron esfumarse tan hermosa vida. Un guardia la estaba echando de allí. Se levantó y corrió con sus ojos azules llenos de lágrimas. Corrió sin sentido hasta que tropezó con una piedra y se dio de bruces contra el suelo. De su nariz rota salía un hilo de sangre que ella limpió con la manga de su jersey mugriento y remendado. Un niño se le acercó entonces. No tenía más de cinco años y le dio un pañuelo. Rebeca no sabía si aceptarlo, pero al mirar aquellos ojos, por primera vez en su vida, comprendió. Cogió aquel pañuelo y limpió su sangre, y sonrió, y el niño sonrió también. Con miedo todavía, y casi temblando, devolvió al niño el pañuelo y le besó la frente. Era la primera vez que agradecía un gesto. Había aprendido a dar las gracias de golpe. Y de pronto, abrió la boca y habló al niño y le dio las gracias.
Rebeca se quedó allí hasta que pasados unos segundos, que a ella le parecieron eternos, apareció una mujer. Entonces, Rebeca quiso salir corriendo, pero la mano de aquel niño agarró la suya y la retuvo. Una fugaz mirada a los ojos del crío, y pudo ver las mismas lágrimas que llenaban sus ojos cada vez que alguien la hería. No pudo moverse de allí. Fue aquella mujer quien acarició su cabello sucio y besó su frente, tomó su mano y comenzó a andar. Rebeca simplemente caminaba a su lado sin saber ni donde iban ni qué pasaría después. Tenía miedo y dudas,. Pero por otro lado, ese niño había cambiado toda su vida de repente, y eso le hacía confiar un poco. Siguió caminando tratando de no pensar, hasta que llegaron a una casa. Era una casa enorme. Un cartel muy grande presidía la puerta de madera antigua con cerradura de hierro oxidada. Ella no sabía lo que decía el cartel, porque nunca fue a la escuela y con trece años no sabía leer ni escribir. En ese momento se dio cuenta de lo poca cosa que era, del poco valor que tenía para nadie, excepto para aquel niño y aquella mujer. La condujeron por un pasillo muy largo, y al fondo casi llegando al final del mismo, la mujer abrió una puerta. La habitación no era muy grande, pero estaba limpia y tenía mucha luz. Había cuatro camas. La mujer le indicó cual de aquellas camas era la suya. Después la condujo por el mismo pasillo a otra habitación. Era un cuarto de baño con todas las cosas que ella nunca había utilizado antes. Le quitaron las ropas mugrientas que fueron directamente a un cubo de basura. La bañaron en agua tibia, con jabón suave y esponjas, y colonia… Y la peinaron con cariño, y la vistieron con ropas austeras pero limpias y sin remiendos. Otro paseo por aquel enorme pasillo y llegó a una cocina, donde comió pan, y carne, y huevos, y pescado, y frutas… Jamás había sentido lo que estaba sintiendo en esos momentos.
En aquella enorme casa había muchos niños, más grandes y más pequeños que ella, que la miraban con curiosidad, pero que no le pegaban, ni le tiraban piedras, ni se reían de su cuerpo delgado y desgarbado. De pronto, aquellos niños empezaron a hablarle y a preguntarle cosas, y de pronto, su boca se abrió y empezó a contar fantasías, historias inventadas que jamás nadie había escuchado antes. Los niños la rodearon y le pidieron más, y más, y más… Rebeca seguía improvisando historias sobre cualquier cosa, y los niños cada vez mas absortos, le seguían pidiendo más. Rebeca empezaba a ser feliz. No sabía por qué aquellas historias brotaban de su boca tan fácilmente. Ella nunca había salido de aquel pueblo donde todo era miseria, y donde todos los niños la trataban a patadas y los mayores sólo le tenían lástima. Y aquella mujer que le había dado una vida nueva, en un rincón, miraba la escena con una sonrisa en los labios. Rebeca no lo sabía, pero tenía un don, el don que muy pocos tienen, por mucho que hayan estudiado veinte carreras y hayan gastado miles y miles de monedas en ser más cultos. Tenía el don de contar cuentos. Era una cuenta cuentos.
A partir de ahí, su vida cambió del todo. Fue a la escuela y aprendió a leer y escribir. Lo primero que quiso conocer era lo que decía aquel cartel que presidía la puerta de la que ahora era su casa y de otros muchos niños. Aquel cartel decía: “Hogar de los niños” . Y Rebeca pudo por fin comprenderlo todo. Estudió, aprendió rápido para recuperar el tiempo perdido y comenzó a escribir en papeles aquellas historias que contaba a sus “hermanos”. Creció y siguió inventando historias y escribiéndolas en un papel. Y con el tiempo aquellas historias escritas en papeles, fueron a parar a la mesa de un editor, que, cosa curiosa, según iba leyendo aquellas historias, en sus ojos iba apareciendo un brillo especial y se le fueron cubriendo de lágrimas.
Hoy, Rebeca es una de las más cotizadas escritoras de cuentos en todo el mundo. Su figura delgada y desgarbada ya no es tal. Es una hermosa mujer con la cara y la sonrisa limpias, con los ojos azules sinceros y tiernos, con los brazos siempre abiertos para recibir al que menos tiene, y sobre todo, con esa claridad de pensamiento y de obra que solo pueden tener las mejores personas. Sus libros se venden por todo el mundo, pero su vida transcurre entre las paredes de una casa enorme, con un pasillo enorme, con niños que escuchan sus historias antes de que nadie las pueda leer en un papel.

Publicado 7 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

El torerillo   2 comments

Esta es una historia que me contaron cuando era un niño. No recuerdo muy bien si fue mi abuelo, o aquel tío viajero que sólo aparecía por casa unos pocos días al año. Tampoco recuerdo si es una historia verdadera, o si no es más que una leyenda, uno de los muchos cuentos que circulan de boca en boca cambiando con los años. Tampoco debí prestarle mucha atención, porque durante mucho tiempo la tuve olvidada en algún rincón de mi memoria, pero hace unos días, leyendo un diario, me encontré con una noticia que me hizo recordar….
El paisaje era el típico de Andalucía, en las estribaciones de una sierra que tampoco puedo recordar. Allí, en una de las muchas ganaderías de toro bravo que existen, un niño jugaba a torear. Su padre vivía y trabajaba allí y el crío sólo conocía ese mundo. Ayudaba en las tareas, dando de comer a los animales, cepillando a los caballos… pero en su corazón latía la llama de la fiesta, y tenía escondido donde nadie podía verlo, un trapo rojo lleno de lamparones y de remiendos, y un estoque de madera hecho con unas tablas sustraídas de alguna obra cercana. Cuando nadie podía verle, el chico cogía sus trastos, le cambiaba el rictus, y un halo mágico lo envolvía todo. De repente se encontraba en una plaza de albero blanco, vestido de grana y oro, y con miles de gargantas gritando y miles de manos aplaudiendo su faena. Lentamente, brotaban los naturales, los pases de pecho, las verónicas y chicuelinas, y por fin, se armaba con su espada de madera y entraba a matar, con esa decisión del que quiere llegar a triunfar por encima de todas las cosas. Pero claro, el toro era invisible, y la gente sólo estaba en sus pensamientos, y el traje grana y oro no era más que un pantalón corto heredado de un hermano mayor y una camisa de su hermana, convenientemente adecentada para que pareciera de chico. Se quedaba pensando, y alguna lágrima le recorría el rostro, pero escondía sus trastos y volvía a sus quehaceres diarios, con su ilusión intacta
Pero un día, en aquella ganadería nació un ternerillo y el muchacho se hizo su cuidador, y le dio de comer y le cuidó como a un hijo. El niño y el ternero se hicieron inseparables y era casi imposible ver a uno sin que el otro estuviera cerca. Y poco a poco comenzaron a jugar. El ternero crecía y su instinto le decía lo que tenía que hacer, y el niño, con sus trastos en las manos, comenzó a torear a su amigo. Eran juegos inocentes, pero a la vez, una preparación para el futuro. El ternero embestía como el más bravo de los toros y el chaval cada día tenía mas arte, cada día era más torero. Estaba totalmente prohibido torear a los futuros toros de lidia, pero él se escapaba por las noches a reunirse con su amigo para seguir aprendiendo y mejorando su arte. Pero un día todo se acabó, cuando su padre le descubrió toreando a su amigo, que ya lucía unos incipientes pitones, y que ya estaba decidido iba a ser uno de los toros estrella de la ganadería en unos años. Les separaron, aunque el muchacho, algo más hecho ya, decidió marcharse para intentar conseguirse un hueco en el mundo del toro.
Tras unos meses en una escuela taurina donde nada aprendía, se decidió a probar de otro modo. Se coló un par de veces de espontáneo en sendas corridas, donde pudo dar unos pases que demostraron su clase y valentía, aunque lo único que consiguió fueron unas multas y unas horas en un calabozo. Pero esto no le desanimó y siguió probando, llamando a todas las puertas, hasta que un apoderado que casualmente le había visto en una de sus corridas de espontáneo, le dio la oportunidad que estaba buscando desde hacía tanto tiempo. Aquel hombre confió en su valor como torero y le preparó una corrida. Empezaba una carrera llena de éxitos.
Empezó en plazas pequeñas, donde la gente le aplaudió a rabiar y salió a hombros varias veces. Su fama iba extendiéndose como una mancha de aceite, y las plazas de tercera se volvieron de segunda y después de primera. Los elogios de la prensa eran constantes, y los aficionados le asediaban como si fuera uno de esos famosos que inundan las paginas de la prensa del corazón. Estaba a punto de llegar su gran día.
Y el gran día llegó. El muchacho, ya casi un hombre, se encerraba sólo, con seis toros, en la plaza más importante del país. Era el momento reservado para unos pocos nada más, por lo que la responsabilidad era muy grande para aquel muchacho que había aprendido a torear con un trapo rojo lleno de lamparones y remiendos y una espada hecha de madera sustraída de alguna obra cercana a su casa. Su vestido, de grana y oro, era el más hermoso vestido que jamás se había puesto torero alguno, y en la plaza, miles de voces le jaleaban y miles de manos le aplaudían según hacía el paseíllo. Sonó el clarín, y apareció el primero de los toros, un ejemplar increíblemente grande al que el muchacho recibió con valentía. Sus pases eran los de siempre, los mismos que daba a aquel toro invisible que tantas veces toreó escondido donde nadie podía verle. Fue matando toros y recibiendo trofeos y cariño de la gente, hasta que llegó el último de la tarde. Era el más grande de los seis. Un toro negro, grande y fuerte, con una musculatura inmensa y sin un gramo de grasa. Los cuernos afilados y un brillo especial en los ojos, el que tienen los toros bravos de verdad. Y aquel toro miró al muchacho y reconoció de inmediato a su amigo de juegos. Él que había salido con toda la rabia del mundo, desconcertado ante tanto ruido y fuera de su hábitat natural, encontraba allí a su amigo, aquel con quien tantas veces jugó a ese juego de correr y pasar bajo el trapo, y volver a pasar y esperar el golpe con la espada de madera. Ese toro bravo empezó a jugar, pasando bajo aquel trapo más grande una y otra vez y viendo como su amigo una y otra vez recibía los aplausos de un público enfervorizado. Algunas cosas pasaron que el pobre animal no pudo comprender muy bien, como aquel hombre a caballo que le hizo tanto daño o aquellos otros hombres que le llamaban con unos palos en la mano, y que le clavaron impunemente. Pero el toro estaba con su amigo, y eso era lo más importante para él, con lo que siguió jugando, pasando tras su trapo rojo, esta vez sin remiendos y sin lamparones. Cuanto más tiempo pasaba, más ruido hacía toda aquella gente, más gritaba y más aplaudía… Hasta que llegó un momento en que se hizo el silencio. El animal no comprendía qué pasaba, pero pudo ver a su amigo, como sacaba de detrás del trapo rojo una espada, pero esta vez, la espada no era de madera, sino que brillaba a la luz del sol. El toro comprendió que aquello no era un juego, y que su amigo no estaba jugando con él, sino que iba a matarle. Aún así, el animal siguió haciendo lo mismo que siempre hizo cuando ambos eran terneros. Miró hacia la parte baja de aquel trapo, aquel engaño que su amigo le ofrecía mientras levantaba la espada y apuntaba a la parte más alta de su enemigo. En ese mismo instante, se cruzaron las miradas de los dos amigos, y el muchacho comprendió y reconoció a su compañero de juegos, con quien tantas veces representó las escena que ahora se convertía en realidad. En los ojos de los dos, las lágrimas empezaron a caer con suavidad, pero ya no había vuelta a atrás. El muchacho apuntó, citó al toro y se echó para adelante. Al mismo tiempo, el toro entró al engaño como nunca otro toro lo había hecho, con la nobleza del toro bravo y del amigo leal hasta la muerte. En el mismo instante en que la espada penetraba en las entrañas del animal, un sutil giro del torero le ofreció el corazón al pitón derecho, que lo partió en dos, como un cuchillo afilado parte una naranja. Los dos cayeron a la vez, cada uno por un lado y heridos de muerte. Se miraron durante los segundos en que les quedó algo de vida. El muchacho abrió su mano como queriendo llegar hasta su amigo, mientras el toro fue cerrando los ojos poco a poco hasta quedarse totalmente inmóvil. El muchacho suspiró profundamente y acabó su vida con una leve sonrisa en la boca.
Nadie pudo comprender, durante mucho tiempo, como pudo ocurrir, que un torero tan grande cometiera aquel gravísimo error. Fue enterrado con honores, y como suele ocurrir en estos casos, con el tiempo la gente se olvidó de él, hasta el punto de que nadie sabe decir el nombre del muchacho, ni tampoco si esta historia es verdad o alguien se la inventó y la contó por los pueblos.

Publicado 7 enero, 2010 por Pepe en Sin categoría

A la Luz de las Letras

Relatos y Sucesos

Celia Zurdo Herrero

Descubriendo las cosas que mueven el mundo

Judith Bosch

Creación Literaria

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